Claves para que la espera no nos desanime.

La mayor promesa que encontramos en la Biblia es la esperanza de que Cristo volverá por segunda vez para terminar con el pecado y llevar a su pueblo a morar con él por la eternidad (Juan 14:1-3; 1 Tes. 4:13-18; Heb. 9:28).

Esta promesa hace vibrar de manera especial a los adventistas del séptimo día, porque las profecías indican que hemos sido levantados con la misión de preparar al mundo para este gran acontecimiento (Apoc. 14:6-20).

Sin embargo, muchos, al ver que el tiempo transcurre y Cristo no regresa, sienten que la promesa no se va a cumplir y su fe muere en medio de la incredulidad de estos días. ¿Cuál debería ser nuestra actitud para estar firmes?

El fundamento de nuestra confianza y nuestra esperanza

La Biblia tiene muchos llamados a permanecer firmes. Uno está en Hebreos 10:35: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa”.

 Nuestra confianza en el Señor no se basa en mitos, sino en verdades históricas demostrables. Por siglos, la Escritura fue acusada de estar llena de leyendas, pero los nuevos conocimientos obtenidos con el tiempo se han encargado de reivindicarla vez tras vez.

Estas y otras evidencias nos dan buenas razones para mantener firme nuestra “confianza” en Dios y en su Palabra; pero se debe recordar que para no perder algo hay que cuidarlo. Si no queremos perder la fe, debemos afianzarla diariamente a través de una fuerte relación con Jesús (Juan 15:1-8).  Él es nuestra esperanza y en él está nuestra confianza.

Un paralelo con la Primera Venida

Cuando Dios reveló por primera vez la promesa de un Salvador (Gén. 3:15), en todas las generaciones hubo gente que quiso ser la generación que vería su cumplimiento. Sin embargo, pasaron siglos hasta que el día llegó. Pablo dice: “Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gál. 4:4). Esto indica que había un “tiempo” para la primera venida de Jesús, y cuando ese tiempo llegó Jesús vino por primera vez.

Así también, existe un tiempo para la segunda venida de Jesús, y cuando se cumpla él volverá (Hech. 1:7).

Pero el tiempo de Dios es distinto del nuestro: mientras que para nosotros mil años son una eternidad, para Dios es como si hubiera pasado un día (2 Ped. 3:8).

Desde esta perspectiva, Dios no está atrasado ni se ha olvidado de su pueblo, sino que trabaja en su propio tiempo (vers. 9). Aquí es bueno recordar que nadie va a esperar la venida de Jesús más de ochenta o noventa años, y si bajamos al descanso antes, ni siquiera eso esperaremos.

Solo debemos aprender a ser pacientes durante el tiempo de nuestra vida (Heb. 10:36-39), pues, si Jesús no llega durante nuestra existencia, en la resurrección nos levantaremos para ver a Cristo y nos habrá parecido un segundo (1 Tes. 4:13-18).

Entre el tiempo de Dios y la predicación

Pero, si Dios tiene un “tiempo” determinado para la segunda venida de Cristo, ¿no dice Mateo 24:14 que podemos acelerar la Segunda Venida con la predicación? Aunque se han dado varias respuestas a este interrogante, creo que lo mejor es entender que Dios sabe el tiempo exacto cuando se terminará la predicación del evangelio. Y, puesto que desde nuestra perspectiva no lo sabemos, como iglesia debemos hacer todo lo posible para cumplir con la misión encomendada (Mat. 28:18-20; Apoc. 14:6-12).

Eso significa que debemos aprender a vivir bajo la tensión que hay entre la predicación del evangelio como condición para la segunda venida de Cristo y la soberanía de Dios, quien tiene el control de los tiempos. Desde nuestra perspectiva humana, jamás debemos decir, como el “siervo malo” de la parábola: “Mi señor tarda en venir” (Mat. 24:40); pero tampoco debemos estar bajo la obsesión de la estipulación de fechas (Mat. 24:36), o el desaliento porque las cosas no se dan conforme a mis expectativas (Isa. 55:8, 9).

La segunda venida de Jesús es tan segura como su primera venida. ¿Ya estás listo? ¿Estás ayudando a otros a prepararse?

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