Una mirada hacia el más allá que nos revela el amor de Dios.

Leer el libro de Daniel nos abre el panorama a dos realidades que por lo general parecen ajenas y que, según la filosofía griega (y en muchos casos, en el pensamiento moderno), no se relacionan entre sí. Por lo general, el ser humano se enfoca en lo que puede ver, tocar y percibir con sus sentidos; sin embargo, la realidad celestial no debe ser olvidada. El libro de Daniel nos ilustra cómo estas dos realidades no solamente existen, sino también se interrelacionan.

Daniel 2 nos abre el panorama no solo a la manifestación de Dios en la profecía apuntando al establecimiento del Reino de Dios en la Tierra. El sueño de la estatua indica que el Reino de Dios será el quinto imperio, describiendo así una especie de continuidad en la historia. Es decir, hay un movimiento lineal por el cual la dimensión celestial se hace presente en la Tierra. Al mismo tiempo, este nuevo reino –que es la continuación del desarrollo histórico– es, a su vez, diferente de cualquier reino terrenal temporal, pues se instaura para siempre.

No obstante, la manifestación de la dimensión celestial no sucede solamente al final de la historia con la inauguración del Reino celestial en la Tierra, sino además se manifiesta en el diario vivir. Ejemplo de esto es el sueño que tuvo Nabucodonosor, dado por Dios, tal como Daniel se lo revela (Dan. 2:29). Así, Dios interviene en la historia, se mueve en el tiempo e interactúa con el ser humano.

En el tercer capítulo de Daniel se puede percibir de manera más dramática cómo Dios interviene en la historia, e incluso se hace visible a la realidad humana. Nabucodonosor construyó una estatua de oro puro que desafiaba la revelación de la historia venidera dada por Dios. Los jóvenes hebreos se negaron a adorar dicha imagen. En aquella ocasión, el rey del Imperio tuvo la oportunidad de ver con sus propios ojos al Hijo de Dios (Dan. 3:25). Dios desciende para salvar del fuego a sus fieles adoradores y se hace visible a la corte real. La dimensión celestial está velada al ser humano, y este no puede percibirla con sus sentidos a menos que Dios lo permita.

Una situación similar fue la que sucedió en la corte real unos años más tarde, cuando en medio de la fiesta ofrecida por Belsasar la mano de Dios se hizo visible (Dan. 5:5). Así, Dios interviene, en algunas ocasiones de manera visible, en la historia humana. Por lo tanto, estas dos dimensiones, inmanente y trascendente, no son ajenas la una a la otra, sino que avanzan juntas y se interrelacionan.

Las profecías de los capítulos 7 y 8 de Daniel muestran con mayor claridad cómo estas dos dimensiones interactúan y tienen cierto grado de interdependencia. En el caso de Daniel 7, vemos que luego de la descripción de la cuarta bestia y la aparición del cuerno pequeño (Dan. 7:7, 8), de manera inmediata, mientras el profeta está viendo escenas de la dimensión terrenal, de repente la visión lo traslada a escenas de la dimensión celestial: el Anciano de Días en su Trono, junto a millones de ángeles (vers. 9, 10), y la aparición del Hijo de hombre (vers. 13, 14). Lo interesante es que lo que sucede en la dimensión celestial sucede a causa de las palabras del cuerno pequeño, quien actúa en la dimensión terrenal (vers. 11, 12). Más aún, la interpretación dada por el ángel a Daniel afirma dicha relación entre lo terrenal y lo celestial. Mientras el cuerno pequeño habla palabras contra el Altísimo y persigue a los santos, el tribunal celestial entra en juicio para quitarle su dominio (vers. 25, 26).

El capítulo 8 de Daniel describe los mismos eventos de Daniel 7, pero desde la perspectiva del Santuario celestial. Cuando el cuerno pequeño de Daniel 8 crece hasta pretender igualarse a Dios (Dan. 8:11) y arroja la verdad por tierra (vers. 12), se introduce la manifestación de Dios en el tiempo y se anuncia que al final de las 2.300 tardes y mañanas el Santuario sería purificado. El Juicio divino, anunciado en el capítulo 7 a causa del cuerno pequeño, sucede en el contexto del Santuario celestial. Así, la interrelación entre la dimensión celestial y la terrenal es evidente. El Juicio en el cielo sucede a causa de lo que pasa en la Tierra, y las decisiones que se toman en el Juicio celestial afectan directamente lo que sucede en la Tierra.

Finalmente, Daniel 10 muestra cómo los ángeles de Dios luchan contra los poderes del mal. No solo eso, sino también Miguel, que no es otro que Jesús, interviene en esa lucha (Dan. 10:13), muchas veces imperceptible a los sentidos humanos. La dimensión celestial está interesada en la dimensión terrenal.

Quizá no percibamos todo lo que sucede en el plano celestial, pero una cosa es segura: no estamos solos en esta lucha. Recuerda que esa lucha, aunque no la veas, sucede por tu salvación. ¡Maranatha!  

Responder a Comentario

Tu correo electrónico no sera publicado.