“Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”.

3 Juan 2

Por Alejandro Troncoso-Hidalgo

Corría el año 1863. En los Estados Unidos todavía quedaba poco menos de dos años de una terrible conflagración, la Guerra de Secesión. Esta se cobraría más de un millón de vidas. A su término, en 1865, se consumaría el fin de la esclavitud en toda la nación y comenzaría un proceso sostenido de industrialización.

Para fines del siglo XIX, la esperanza de vida estaba entre los treinta y los cuarenta años.[1] A fines de esta centuria, se realizan grandes descubrimientos médicos, como la penicilina; sin embargo la población sufría de numerosas enfermedades infectocontagiosas. La higiene y los malos hábitos de alimentación y la falta de curas para enfermedades se cobraban muchas vidas y a temprana edad. La medicina recién comenzaba a vislumbrarse como una ciencia.

En este contexto, Elena de White recibe en Otsego la visión de la Reforma Prosalud. Allí se le mostró “con respecto a la salud: la responsabilidad de todos de vivir en armonía con principios que prevendrían la enfermedad y producirían buena salud”.[2]

En esta visión, y otras complementarias posteriores, Elena de White recibió instrucciones sobre el uso de estimulantes y narcóticos, la higiene personal y ambiental, el origen del cáncer, los daños del tabaco y la carne, entre otros. Parte valiosa de esta visión está resumida en los Ocho Remedios Naturales: el agua, el descanso, el ejercicio, la luz del sol, el aire puro, la nutrición adecuada, la abstinencia y la confianza en Dios.[3]

A menos de veinte años del Gran Chasco de 1844, Dios manifestó su preocupación por la salud de su pueblo, enviando consejos claros y directos. Frente a esto, cabe hacerse muchas preguntas: ¿Tuvo la misma preocupación Dios por la salud de su pueblo a través de la historia? ¿Encontramos respaldo bíblico para el deber de cuidar nuestra salud? ¿Sigue siendo válido este mensaje de salud? ¿Cuál es el fin que Dios persigue al darnos pautas de salud?

LA SALUD DESDE UNA COSMOVISIÓN BÍBLICA

El inicio de las enfermedades

La Biblia nos enseña que el hombre fue creado por Dios mismo a su imagen (Gén. 1:27), perfecto, con inteligencia y poder. A causa del pecado, el hombre perdió esa perfección y, por lo tanto, se vio vulnerable a un ambiente del cual antes era su punto cúlmine y protector. Desaparecieron la paz y el amor, y el temor se apoderó de él y su esposa, Eva (Gén. 3:10). Dios les anticipó que su vida de allí en adelante tendría cansancio y dolor y, ya sin posibilidad de comer del árbol de la vida, verían su vida degradarse hasta la muerte.

Tenemos aquí, a raíz del pecado, el surgimiento del deterioro de la salud, lo que también podemos llamar enfermedad. Sin embargo, el hombre no quedó abandonado a su suerte. Dios calmó su desesperación al presentarle el plan de salvación. Su salud espiritual estaba resguardada por ese plan y mediante una relación que, aunque limitada ahora, los mantendría en comunión con su Padre y Creador. Su salud mental y física se vería beneficiada mediante el trabajo arduo, aunque no ajeno al sufrimiento. Su condición era distinta, pero no era desesperada: Dios desde un comienzo estaba proveyendo lo necesario para que, aunque caído y en pecado, el hombre pudiera tener una vida llevadera dentro de su nuevo contexto.

El plan de Dios para la salud del hombre

Para Dios, el plan de salvación tiene como finalidad “buscar y salvar” a la raza caída (Luc. 19:10). Ello significa un plan integral que comprende cada aspecto del hombre. Y, una de las dimensiones fundamentales es la salud, importancia que queda manifiesta en 3 Juan 2: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”.

Desde un comienzo, Dios le dio a Adán tareas para realizar. Debía mantenerse ocupado, pero también le enseñó acerca del reposo, al enseñarle que seis días son para trabajar y uno para descansar de toda obra, y darle personalmente el ejemplo al terminar la Creación (Gén. 2:1,2).

El descanso es también mencionado en muchos otros textos, como Jeremías 6:16, Salmos 62:1, y en varios consejos de Eclesiastés y Proverbios. Se nos habla de la importancia de dormir bien y de hacerlo en paz, como señala el Salmo 4:8: “En paz me acostaré y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado”. El Salmo 23 es una representación gráfica del verdadero reposo que encontramos cuando dejamos que Dios guíe nuestra vida. “El sueño, el dulce restaurador de la naturaleza, revigorizará el cuerpo cansado y lo preparará para los deberes del día siguiente”.[4]

Sobre la alimentación, Dios dio al hombre una dieta basada en plantas y frutos que dan semilla (Gén. 1:29). Luego del diluvio, esta dieta fue modificada, y Dios autorizó el consumo de carne, con especificaciones sobre las carnes permitidas y no permitidas (ver Lev. 11). El consejo para hoy es, incluso, abandonar la carne en nuestra dieta.[5]

La salud viene como consecuencia de obedecer sus estatutos. En Éxodo 15:26 se señala: “Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador”. Es interesante notar que entre las enfermedades que tenían los egipcios estaba la diabetes,[6] enfermedad que hoy es una verdadera epidemia y que lamentablemente también nos ha alcanzado como iglesia.

La higiene también es un factor importante en la Biblia, para la que se dejaron varias instrucciones en el libro de Levítico. Allí también se señalan los procedimientos en relación con los enfermos, el trato de los cadáveres y la orden de evitar la grasa y la sangre, entre varios otros estatutos.

Jesús realizó muchos milagros de sanación y se preocupó por el descanso y la alimentación de las personas. Mateo 14:14 señala que “saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos”. Posteriormente, proveyó milagrosamente alimento a más de cinco mil personas.

En el Sermón del Monte, Jesús nos invita a no preocuparnos, y concluye señalando que, si buscamos a Dios y su justicia en primer lugar, todo lo demás llegará como añadidura. Hoy, más de trescientos millones de personas en el mundo sufren depresión y más de doscientos sesenta millones tienen trastornos de ansiedad.[7] Estas alarmantes cifras nos pueden dar un indicio de cuán poco se está buscando el Reino de Dios y su justicia, y del afán y la ansiedad con que la humanidad está buscando resolver por sí misma lo que el Creador se ha ofrecido a hacer por nosotros.

La salud en la Eternidad

En una inspiradora promesa, la Biblia termina con el anuncio del fin del peor de los enemigos del hombre: la muerte. Pero, también nos señala que acabará con el llanto, el clamor y el dolor: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:4). Esto significa el fin de las enfermedades, sanidad física y mental, como lo fue en el principio y como siempre fue el plan de Dios.

Agua pura brotará del mismo Trono de Dios (Apoc. 22:1), y a ambos lados de este río estará el árbol de la vida, que dará un fruto cada mes y cuyas hojas serán para la sanidad de las naciones (22:2).

También se nos promete sanidad espiritual completa: “No habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes” (Apoc. 22:3, 4). Al estar en la presencia de Dios, cualquier carencia espiritual queda anulada.

Vuelve la perfección, se restablece el plan original en su totalidad. Se cierra el paréntesis de dolor y pecado. Con inigualable solemnidad, El conflicto de los siglos finaliza con un Universo en armonía, perfecto, declarando por la Eternidad que “Dios es amor”.[8]

Las zonas azules

Las “zonas azules” son regiones del planeta que han sido clasificadas como de alta longevidad. Son lugares tan distantes como Ikaria, en Grecia; la isla de Cerdeña, en Italia; la isla de Okinawa, en Japón; la península de Nicoya, en Costa Rica; y Loma Linda, en California.[9] Este último lugar tiene una alta población adventista del séptimo día.

Las características comunes de las zonas azules son:[10]

  1. Una dieta basada en vegetales. La carne es un producto raro en todas las zonas azules.
  2. Ejercicio moderado y natural. Caminar, trabajar en agricultura o estar físicamente activos en el día.
  3. Propósito en la vida. Los adventistas creen en la vida eterna.
  4. Apoyo social. Hay un sentido de comunidad y preocupación mutua.
  5. Apoyo familiar. El núcleo familiar es estable e importante en estas sociedades.
  6. Habilidad para enfrentar el estrés. La oración (como la meditación en otras zonas azules) y una vida natural y sencilla mantienen una vida más tranquila.
  7. Pertenecer a un grupo religioso. La gran mayoría de los habitantes de estas zonas profesan una fe religiosa.
  8. Regla del 80 %. Comer hasta estar satisfecho en un 80 %.

Todas las características de las zonas azules son recomendaciones que encontramos en la Biblia y en los escritos de Elena White. No es un ejercicio ocioso pensar en qué pasaría si Loma Linda no fuera la única zona azul adventista. Debe haber algo en lo que estamos fallando.

Lamentablemente, no existen estudios que permitan concluir si otras comunidades adventistas están siguiendo los consejos bíblicos sobre salud. Sin embargo, podemos deducir que esto no se está haciendo.

Conclusión

El cuidado de nuestra salud no es un tema menor, porque Dios busca adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad. No a medias, no a conveniencia, no a la carta. “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Prov. 23:26). Y la parábola de los talentos (Mat. 25:14-30) nos advierte de lo que puede ocurrirnos si volvemos a Dios con excusas y no cumplimos con su mandato.

Elena White declara: “Dios requiere, de todos los que creen en la verdad, que hagan esfuerzos especiales y perseverantes para colocarse en la mejor condición posible de salud física, porque ante nosotros se extiende una obra solemne e importante. Para ella, se requiere salud física y mental”.[11]

Para el Creador, nuestra salud es un tema importante y necesario. Nuestra iglesia porta el mensaje de los tres ángeles, y Elena de White nos muestra la relación dramática que este mensaje tiene con la salud: “La Reforma Prosalud se halla tan estrechamente relacionada con el mensaje del tercer ángel como el brazo lo está con el cuerpo; pero el brazo no puede ocupar el lugar del cuerpo”.[12]

Se hace urgente una autocrítica como iglesia, pero sobre todo, personal. Debemos buscar a Dios con sinceridad y entregarnos en sus manos. Debemos hacer su voluntad, no por fanatismo, no por miedo, sino por amor.

Se debe mirar hacia adelante y entregar a Dios el corazón para que haga los cambios necesarios, renunciando a todo aquello que nos destruye, sin excusas, porque Jesús vino para que tengamos vida en abundancia (Juan 10:10). No podemos desperdiciar este regalo del Creador: una salud próspera, para una vida mejor, una adoración plena, un servicio óptimo y un testimonio eficaz.


Referencias:

[1] Thomson Prentice, “Health, History, and Hard Choices: Funding Dilemmas in a Fast-Changing World”, Nonprofit and Voluntary Sector Quarterly nº 37, supl. 1 (marzo 2008), pp. 63S-75S.

[2] Arthur White, Elena de White, mujer de visión (Florida, Buenos Aires: ACES, 2003), p. 106.

[3] Elena de White, El ministerio de curación (Florida, Buenos Aires: ACES, 2008), p. 89.

[4] Elena de White, Conducción del niño (Florida, Buenos Aires: ACES, 2014), p. 323.

[5] _____, Testimonios para la iglesia (Miami: APIA, 1998), t. 7, pp. 122-134.

[6] Germán Sánchez Rivero, “Historia de la diabetes”, Gaceta Médica Boliviana, t. 30, nº 2 (2007).

[7] Organización Mundial de la Salud, “Salud mental” (2017). Consultado el 1º de diciembre de 2019 en https://www.who.int/mental_health/es/.

[8] Elena de White, El conflicto de los siglos (Florida, Buenos Aires: ACES, 2015), p. 737.

[9] Luis Falque-Madrid (2014). “La evidencia científica y el arte de envejecer”, Anales Venezolanos de Nutrición, t. 27, nº 1 (junio de 2014).

[10] Hildemar Santos, “Blue Zones (Zonas Azules)”, Noticias Adventistas, 28 de julio de 2017.

[11] Elena de White, Testimonios para la iglesia (Miami: APIA, 2003), t. 1, p. 536.

[12] _____, El colportor evangélico (Florida, Buenos Aires: ACES, 2015), p. 158.


Alejandro Troncoso-Hidalgo es Licenciado en Lengua y Literatura, Magíster en Salud Pública y doctorando en Ciencias de la Educación. Es oriundo de Chile, pero desde 2014 reside en México. Se desempeña como gerente de marketing y catedrático en la Escuela Superior de Negocios de Monterrey.

One Response

  1. Carlos

    Felicitaciones Alejandro tuve la suerte de ser tu compañero en Casa Editora Chile
    hace algunos años atras
    Eres un ejemplo de un hijo de Dios que deja ser guiado por el, muy buen articulo hno. Alejandro que sigas publicando articulos tan interesantes como este bendiciones.

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