¿Qué significa realmente seguir a Jesús?

En Noruega, durante una de las reuniones evangelizadoras del predicador estadounidense Dwight L. Moody, un pequeño niño rubio se acercó al púlpito. Casi no hablaba inglés. Temblando y con esfuerzo, dijo: “Si les cuento a otras personas sobre Jesús, Jesús le va a contar al Padre sobre mí”. Lágrimas corrían por sus mejillas mientras volvía para sentarse en su lugar.

Con sencillez, este niño dio cátedra sobre lo que significa confesar a Jesús. Y sobre la promesa íntimamente ligada a este sacrificio.

Porque confesar a Jesús implica sacrificio. Mateo 10 nos describe el momento en que Jesús llama a sus doce discípulos y, antes de enviarlos a referir a otras personas las buenas noticias del Reino de Dios, les abre los ojos a una realidad poco atractiva: “Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos” (vers. 16); “Os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas” (vers. 17); “y seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (vers. 22, LBLA).

Cualquier esbozo de entusiasmo debió de haber desaparecido de los rostros de los discípulos al escuchar estas palabras. Lo que Jesús les estaba proponiendo era duro. Si yo hubiese sido uno de ellos, me pregunto si habría tenido la fortaleza para aceptar el desafío y salir a trabajar.

Y aquí nos encontramos hoy como cristianos. Sabemos que, en muchas ocasiones, al honrar el nombre de Jesús y los valores de su Reino, vivimos y viviremos situaciones poco atractivas: no conseguimos trabajo fácilmente por guardar el sábado; sufrimos incomprensión y prejuicio; hasta podemos ser acusados injustamente. La lista es larga.

No es que salimos para buscarnos problemas. Sencillamente, vivimos una vida de relación con nuestro Dios y nos ponemos diariamente a su disposición para servirlo ahí donde podemos ser bendición para otros. Y les hablamos de nuestro Salvador Jesús, quien hizo hasta lo inimaginable para que podamos ser felices aquí, en este mundo, y para que tengamos la esperanza de vivir felices cuando vuelva a buscarnos.

Pero, así como Jesús habló a sus discípulos hace casi dos mil años, hoy nos habla a nosotros. Y nos dice: “Yo sé que no es fácil. Te entiendo muy bien. Para mí tampoco lo fue”.

Pero llevar nuestra cruz no es todo. Allí entra en escena la magnífica promesa que Jesús hizo a los Doce y a todos sus hijos a través de las edades: “Por tanto, todo el que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 10:32, LBLA).

El costo del discipulado es alto, pero la felicidad que nos espera al final del camino es infinitamente mayor: “El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles” (Apoc. 3:5).

Jesús, el que venció a la muerte y pagó con su sangre el precio de nuestra salvación, será quien dirá a Dios el Padre: “Ellos hablaron de mí al mundo y lo pasaron mal. Ahora te los presento a ti, junto con mis méritos, para que sean eternamente felices, aquí, con nosotros, y con todos los que siempre han sido felices porque no cayeron en el pecado”.

Esta promesa nos hace salir de nuestra dimensión cotidiana. La recibiremos solo cuando despertemos de la muerte o seamos transportados a nuestro hogar celestial. Pero, el simple hecho de saber que Jesús nos la dejó es una poderosa motivación para seguir adelante con nuestra vida y con nuestra misión.

Dejando de lado la vergüenza y llenos de convicción, podremos seguir el ejemplo de aquel niño en Noruega y decir (en buen español): “En la gran congregación te daré gracias; entre mucha gente te alabaré” (Sal. 37:18, LBLA).

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