Cómo Dios nos protege en la batalla contra el enemigo.

Creo que el sueño de todo niño alguna vez fue ser invisible. Así, podríamos jugar o entrar en lugares sin ser vistos, a fin de realizar alguna travesura.

Y, cuando ya fuiste grande, cuántas veces deseaste ser invisible para tus problemas; invisible para ese padre abusador; invisible para ese compañero que te hacía objeto de bullying

Ante estas tormentas, encontramos refugio en la Palabra de Dios: “Él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal, me ocultará en lo reservado de su morada” (Sal. 27:5). Así, llegó la enfermedad, pero no se quedó; y llegó el problema, pero no se quedó. Si vives en el lugar de fe, el enemigo no te podrá ver. ¿De cuántas cosas más te habrá librado el Señor, y tú no lo sabes? Solo en el cielo lo sabrás. Él permitió solo algunas dificultades, de modo que puedas crecer y fortalecer tu carácter.

Creo, fielmente, que en esta vida solo enfrentamos el veinte por ciento de las dificultades que podríamos afrontar; el ochenta por ciento restante somos invisibles para el enemigo porque Dios interviene fuertemente, ya que el diablo anda como león rugiente buscando a quien devorar.

En el norte de Chile conocí a Francisco, un hermano de iglesia a quien le encantaba jugar al fútbol. Para eso, alquilaban cada semana una cancha que se situaba en un barrio muy peligroso de la ciudad, y siempre se preocupaban de no terminar muy tarde el partido, por los asaltos. Una noche, Francisco se quedó más de la cuenta en las duchas y salió cuando todos ya se habían ido. En vano intentó llamar a un taxi. Pronto se dio cuenta de que no tenía otra opción más que orar y salir caminando, sabiendo que podría pasar lo peor. Precavido, sacó su celular y todo el dinero que portaba, y lo llevaba en su mano, en el intento de entregarlo pronto y sin violencia. Se acercó a una esquina donde estaba un grupo de jóvenes muy sospechoso. Sin embargo, al verlo, no hicieron absolutamente nada.

A la semana siguiente, faltaba un jugador para el partido, y se les acercó uno de los jóvenes que aquella noche había estado en la esquina. Era el narcotraficante del barrio; así que, no se le podía decir que no jugara. Al término del partido, este joven le preguntó a Francisco dónde estaban los guardaespaldas con los que caminaba por las noches. “Fue por ellos que no te asaltamos aquella vez. Cada uno medía como dos metros, tenían ropa y calzado deportivo de mucho valor”.

Sorprendido, Francisco le contestó que no tenía custodia alguna. Tiempo después de ese episodio, el joven jefe de los narcos comenzó a estudiar la Biblia, porque comprendió que lo que vio fueron ángeles que cuidaban de un hijo de Dios, y deseaba esa misma protección para él.

Ahora que estás leyendo este artículo, haz una pausa y repite conmigo: “Gracias, Padre, por salvarme de tantos problemas que solo en el cielo sabré. Gracias, porque has hecho invisible del enemigo a mi familia. Gracias, porque me has hecho invisible para aquellos que me quieren hacer daño”.

Recuerda que si vives con fe estarás protegido por el poder de Dios. Te invito a confiar en forma total y radical, no a medias, ya que para Dios eres su más preciado tesoro. Y recuerda que lo que enfrentas es lo que Dios permite que enfrentes. Vive confiando, y agradecido por la protección del Creador.

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