Una nueva oportunidad para rescatar a los caídos en el pozo.

Hace unos días, el mundo esperaba con ansias una operación de rescate que tuvo un final muy doloroso. Un niño de cinco años llamado Rayan cayó en un pozo de 32 metros de profundidad en la ciudad de Ighan, Marruecos, en el norte de África. Autoridades, socorristas y voluntarios trabajaron incansablemente. Salvar la vida de “Rayan”, que significa “Hijo del rey”, valdría cualquier sacrificio. Multitudes de todo el mundo siguieron con oraciones y apoyo en las redes sociales, con el hashtag #SalvenaRayan. Luego de 4 días, 7 horas y 34 minutos de arduo trabajo, pudieron llegar al lugar donde estaba Rayan. Lamentablemente, estaba sin vida.

Elena de White relata una historia similar. La pueden leer en Obreros evangélicos, las páginas 30 y 31: “En cierto pueblo de la Nueva Inglaterra se estaba cavando un pozo. Cuando el trabajo estaba casi terminado, la tierra se desmoronó y sepultó a un hombre que quedaba todavía en el fondo. Inmediatamente cundió la alarma, y mecánicos, agricultores, comerciantes, abogados, todos acudieron jadeantes a rescatarlo. Manos voluntarias y ávidas por ayudar trajeron sogas, escaleras, azadas y palas. ‘¡Sálvenlo, oh, sálvenlo!’ era el clamor general. Los hombres trabajaron con energía desesperada, hasta que sus frentes estuvieron bañadas en sudor y sus brazos temblaban por el esfuerzo. Por fin se pudo hacer penetrar un caño, por el cual gritaron al hombre que contestara si vivía todavía. Llegó la respuesta. ‘Vivo, pero apresúrense. Es algo terrible estar aquí’. Con un clamor de alegría, renovaron sus esfuerzos, y por fin llegaron hasta él… ‘¡Salvado! ¡Salvado!’ era el clamor que repercutía por toda calle del pueblo”. 

Y luego, ella reflexiona: “¿Era demostrar demasiado celo e interés, demasiado entusiasmo, para salvar a un hombre? Por supuesto que no; pero ¿qué es la pérdida de la vida temporal en comparación con la pérdida de un alma? Si el peligro de que se pierda una vida despierta en los corazones humanos tan intenso sentimiento, ¿no debería la pérdida de un alma despertar una solicitud aún más profunda en los hombres que aseveran percatarse del peligro que corren los que están separados de Cristo? ¿No mostrarán los siervos de Dios, en cuanto a trabajar por la salvación de las almas, un celo tan grande como el que se manifestó por la vida de aquel hombre…?”

Día a día el enemigo hace su obra para que muchos queden atrapados en el pozo del pecado, la angustia, la culpa y la muerte. Por eso se necesita un trabajo en equipo, uno prioritario y urgente. Hay muchos “hijos del Rey del cielo” –incluso en tu casa, en tu familia y en tu comunidad– que están atrapados. Ellos tienen la necesidad de ser buscados, rescatados y salvados.

Desde hace 52 años, el proyecto de evangelismo en Semana Santa brinda a todos una oportunidad especial para presentar a Jesús como Redentor y Restaurador de vidas. Él es quien dejó el cielo y descendió a este dramático pozo de pecado para salvarnos. Murió, pero no está muerto: ¡él vive! ¡Su amor vive! Y hoy todos podemos experimentar el amor vivo e inagotable que Cristo nos regala. Un amor que nos lleva hacia la vida, que no se da por vencido, que no te excluye, y te pone como prioridad.

¿Estás listo para vivir y compartir este amor? A través del testimonio, el estudio de la Biblia y la predicación en hogares y templos, todos podemos participar en esta misión.

Por mandato del Señor; por el clamor de angustia de los sepultados en el pecado;  por la necesidad de ver pronto la venida de Jesús y de tener una vida nueva, mediante la gracia del Señor, a través del testimonio, mediante el estudio de la Biblia y por medio de la predicación, podremos rescatar a los “hijos del Rey”.

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