Herramientas bíblicas que nos permiten seguir confiando en Dios en medio del sufrimiento.

Por Pablo M. Claverie.

El “escándalo del dolor”, como lo calificaría el gran escritor y teólogo Roberto Badenas,1 es el motivo por el cual muchos descreen de la existencia de Dios, y otros, aunque intentan seguir creyendo, encuentran su fe perturbada. No pueden explicarse cómo Dios, si se supone que es tan bueno y tan poderoso, permite tanto dolor y tan terribles sufrimientos que viene padeciendo la humanidad desde prácticamente el inicio de su historia.

La Biblia es clara en el sentido de que Dios no es el autor del mal ni del dolor, sino que, en última instancia, estos son provocados (en forma directa o indirecta) por Satanás. Son los resultados del “terrible experimento de la rebelión”,2 como definiera Elena de White el gran conflicto cósmico entre el bien y el mal, entre Cristo y Satanás. Es claro que sufrimos porque estamos en un mundo caído en el pecado. Y, donde existe pecado, es inevitable que exista dolor. Esa es la razón por la cual Dios aborrece el pecado: por todo el sufrimiento que nos reporta. Aunque nosotros hagamos las cosas bien, por estar inmersos en este mundo caído y enfermo, recibimos los efectos “colaterales” del pecado.

Sin embargo, la Biblia también nos revela a través de sus historias, y especialmente a través de la vida terrenal de Jesús y de sus milagros, que Dios puede poner un límite al dolor, e incluso revertir sus efectos, como sucedió cada vez que Dios liberaba a su pueblo de manera portentosa (Éxo. 14); o al enviar a miríadas de ángeles a defender a sus hijos frente al ataque de numerosísimos ejércitos enemigos (2 Rey. 6:8-23); o cuando Jesús curaba paralíticos (Mat. 9:1-8), sanaba leprosos (Mat. 8:1-4), daba de comer a miles de personas con unos pocos panes y peces (Mat. 14:13-21) o resucitaba muertos (Juan 11:1-44). Es claro, entonces, que, si Dios así lo dispusiera, podría impedir las guerras, la criminalidad, las violaciones, las torturas, todo tipo de enfermedad (como el cáncer y el Coronavirus, que tanto nos ha afectado últimamente), e incluso el sufrimiento de los animales.

Y ¿por qué no lo hace siempre? Tenemos una “fórmula bíblica” para estos casos, que se encuentra en Romanos 8:28, un texto clásico al respecto: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Es decir, si Dios, pudiendo impedir el dolor lo permite, es porque tiene un propósito supremo, bienhechor –una “bendición disfrazada”–, detrás de nuestros padecimientos. Él puede extraer una bendición de la maldición. Sin embargo, para nuestra visión y sentir humanos, es muy difícil vislumbrar qué posibles propósitos benignos y eficientes, en términos de bienestar presente y salvación eterna, Dios pueda tener con algunas de las terribles desgracias que padecemos (algunas de las cuales hemos mencionado) y qué cosa buena se podría sacar de tan brutales padecimientos.

Aquí es donde el incrédulo encuentra su excusa, o su “razón legítima”, para darle la espalda a Dios, para descreer de su existencia o, en algunos casos, admitirla, pero no querer saber nada con un Dios “así”. Y, si somos sinceros, también esto se constituye en un “escándalo”, o “tropiezo”, para la fe de muchos creyentes sensibles, que no pueden “digerir” estas “sombrías providencias”3 de Dios.

Entonces, ¿cómo podemos seguir creyendo en Dios y confiando en él a pesar del dolor? ¿Qué razones tenemos para seguir apostando nuestra vida, nuestra fe, nuestro destino, nuestra lealtad, a este Dios que no comprendemos, que muchas veces parece estar de brazos cruzados, sordo y ciego a nuestros sufrimientos más terribles?

Intentaremos dar en este artículo algunas respuestas que nos permitan perseverar en nuestra fe a pesar de nuestra incomprensión de los caminos de Dios.

Las grandes respuestas de Dios al escándalo del dolor

En primer lugar, tenemos que tener en cuenta que Dios es el Ser infinito en sabiduría y amor, cuyas inteligencia y comprensión de la realidad y de lo que nos conviene exceden infinitamente a nuestras limitadas capacidades humanas: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isa. 55:8, 9). Y, en el que muy probablemente sea el primer libro de la Biblia en escribirse, el libro de Job, hay un elemento implícito muy sugestivo: cuando Dios, luego de los largos discursos de Job y sus amigos, rompe finalmente el silencio y se comunica audiblemente con el patriarca, no encontramos en ningún momento que le explique el porqué o los paraqués de sus padecimientos. No le informa del Gran Conflicto, de las acusaciones de Satanás sobre el patriarca y sobre Dios mismo, y del permiso que le dio al Enemigo para que tocara la vida de Job y de sus hijos (aunque con ciertos límites, controlados por Dios). Lo único –y glorioso– que hace Dios es enumerarle una riquísima serie de preguntas retóricas destinadas a que Job reflexionara sobre con quién estaba tratando, quién era Dios: el Ser infinito en poder, sabiduría y amor, Creador y Sustentador del casi infinito Universo, con sus colosales medidas, astros y galaxias, y de la inmensa Tierra, con su maravillosa variedad de mundo vegetal, animal y humano. En otras palabras, es como si Dios le dijera: “Job, el misterio del dolor es demasiado grande para que lo entiendas. No te voy a dar ninguna explicación, porque no la entenderías ni aceptarías desde tu limitada capacidad humana de comprensión. Pero, confía en mí: tu vida está en buenas manos; en las manos del Ser infinito en sabiduría y amor. Y si permito esto en tu vida, tengo razones de suficiente peso, aunque no las entiendas. Pero todo es para tu bien. Confía en mí”.

Luego de haber reflexionado mucho sobre el tema de la relación entre Dios y el dolor, de haber leído varios libros sobre la teodicea,4 de haber escuchado sermones, de haber conversado profundamente con pastores y amigos cristianos sobre el escándalo del dolor, he llegado a la conclusión de que de este lado de la Eternidad nunca llegaremos a comprender satisfactoriamente los porqués o paraqués de Dios respecto de las cosas terribles que suceden en este mundo, siendo que podría impedirlas o revertirlas. Como diría Roberto Badenas: “Frente al mal, toda explicación humana es irrisoria, y […] aquí y ahora solo se imponen la resistencia, la fraternidad y la esperanza”.5 Querido hermano, no trates de encontrar una explicación, porque no la encontrarás, y saldrás frustrado. Lo que sí puedes hacer, como Job, es confiar en que Dios es infinitamente sabio y amoroso, y en que algún propósito bienhechor tendrá al permitir que el mal siga su curso; propósito que recién lo entenderás en la Eternidad.

En segundo lugar, podemos confiar en que Dios es nuestro compañero en el dolor, en que él sufre con nosotros. Es cierto, no podemos entender los caminos de Dios. Pero algo sí podemos entender: él no es el Dios impasible de los griegos y de la teología escolástica, que nos ve sufrir flemáticamente desde su Trono, diciéndonos: “Lo siento, ustedes se metieron en este lío del pecado; ahora arréglense como puedan”. No, él es el Dios que es nuestro compañero en el sufrimiento. Nuestros padecimientos lo afectan profundamente: “En toda angustia de ellos él fue angustiado” (Isa. 63:9). “Él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel” (Juec. 10:16). Pocas veces pensamos en cuánto dolor produce al corazón de Dios nuestro propio dolor. Así como un padre terrenal sufre cuando ve a su hijo sufrir, de igual manera, pero en un grado infinitamente superior, Dios sufre con nosotros y por nosotros.

En tercer lugar, Dios está a nuestro lado en medio del dolor; no sufrimos solos. Dice el Salmo 23:4: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”. Notemos que el salmista NO dice: “No temeré mal alguno porque tú nunca permitirás que ande en valle de sombra de muerte”; sino que lo que nos quiere decir es: “Aunque me toque andar en valle de sombra de muerte –y tarde o temprano, a todos nos tocará atravesar ese valle–, no temeré, porque no lo haré solo, sino que tú estarás conmigo. Tu presencia me dará la fortaleza necesaria para atravesar cualquier trance que me presente la vida”. Hay una diferencia notable entre aquel que sufre solo, basándose únicamente en sus propias fuerzas, y aquel que padece tomado de la mano de Dios, sabiendo que con él hay fortaleza, consuelo y esperanza.

En cuarto lugar, Dios mismo decidió sufrir por nosotros. En Jesús, Dios no se quedó cómodamente mirando desde el cielo cómo sufrimos. Es cierto, él permite el dolor sin que logremos entender del todo por qué o para qué, pero decidió venir en la persona de su Hijo a esta Tierra peligrosa y sufriente para compartir nuestra suerte. Y lo hizo de la manera más brutal para él mismo, para experimentar un dolor tan grande como el que ningún ser humano será llamado jamás a experimentar: los dolores de la Sustitución, de la Expiación. Así lo retrata el profeta Isaías, en la más famosa y desgarradora profecía mesiánica:

“Despreciado y desechado entre los hombres,
varón de dolores, experimentado en quebranto;
y como que escondimos de él el rostro,
fue menospreciado, y no lo estimamos.

Ciertamente llevó él nuestras enfermedades,
y sufrió nuestros dolores;
y nosotros le tuvimos por azotado,
por herido de Dios y abatido.

Mas él herido fue por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados;
el castigo de nuestra paz fue sobre él,
y por su llaga fuimos nosotros curados.

Todos nosotros nos descarriamos como ovejas,
cada cual se apartó por su camino;
mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.

Angustiado él, y afligido, no abrió su boca;
como cordero fue llevado al matadero;
y como oveja delante de sus trasquiladores,
enmudeció, y no abrió su boca” (Isa. 53:3-7).

“Varón de dolores”; “Experimentado en quebranto”. ¡Qué títulos para Jesús, nuestro Salvador! Él supo muy bien lo que es sufrir. En la Cruz, él cargó con la culpa, la miseria, la condenación, el dolor, de los miles de millones de personas que hemos habitado sobre esta Tierra, en un fenómeno misterioso y milagroso. Misterioso, porque jamás llegaremos a comprender lo que realmente Jesús padeció allí. Y milagroso, porque la muerte de Jesús no fue simplemente la muerte de un crucificado más de los miles que padecieron bajo el poder del Imperio Romano. Sobre sus espaldas, mediante un milagro divino incomprensible, Dios “cargó en él el pecado de todos nosotros”; “llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores”; fue “molido por nuestros pecados”. Sobre sus espaldas se acumuló todo el dolor de todos los habitantes caídos de este mundo desde el principio de su historia. Y todo lo hizo para liberarnos no solo del pecado, sino también del dolor, para siempre. Nos rescató de nuestro dolor mediante su propio dolor. ¡No podemos dudar de la bondad de un Dios así, aunque no entendamos sus caminos!

En quinto lugar, finalmente, podemos confiar en que el dolor pasará; Dios le pondrá un punto final. Dice el apóstol Pablo, quien también supo muy bien lo que era sufrir: “Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Rom. 8:18). El sufrimiento no durará para siempre: PASARÁ. Tiene una duración temporal, no eterna. Son las aflicciones del tiempo “presente”, bajo las condiciones que el pecado impuso a la vida en esta Tierra. Pero, por mucho que nos toque sufrir aquí, estos sufrimientos “no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”. Nuestro destino final no es una tumba fría, como remate a una vida afectada por el dolor. Nos espera la Eternidad, en un mundo maravillosamente feliz, exento de pecado, maldad, sufrimiento y muerte: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:4). En definitiva, lo que nos señala el apóstol Pablo es que nuestra experiencia con el dolor es una cuestión de proporciones. ¿Qué son noventa o cien años de vida en esta Tierra, con sus incomodidades, problemas y sufrimientos, en comparación con una eternidad de dicha sin límites, en un mundo pletórico de alegría, de una felicidad desbordante, donde nuestros más sublimes sueños de bienestar y felicidad se cumplirán para siempre, junto con nuestros amados y los redimidos de todas las épocas y, sobre todo, junto a la presencia maravillosa de Jesús, nuestro Salvador?

Por eso, en el libro Primeros escritos, Elena de White pone lo siguiente en boca de los redimidos, una vez que estemos en el Reino de los cielos: “Tratamos de recordar nuestras pruebas más grandes, pero resultaban tan insignificantes en comparación con el más excelente y eterno peso de gloria que nos rodeaba que no pudimos referirlas, y todos exclamamos: ‘¡Aleluya, el cielo nos ha costado muy poco!’ ”6

Las dos grandes respuestas de Dios al problema del mal y del dolor son la Cruz y la Segunda Venida. En la Cruz, Dios nos asegura su compañerismo inefable en el dolor, su disposición a participar de lo mismo que nosotros, y mediante sus sufrimientos lograr nuestra salvación y nuestra felicidad eternas. Y mediante la segunda venida de Cristo en gloria y majestad nos asegura que Dios destruirá el mal y el dolor para siempre, que ya no existirán nunca más.

Entonces, aunque en esta vida no podamos entender los propósitos de Dios con el sufrimiento, sí podemos confiar en este Dios infinitamente poderoso, sabio y bueno, que se dejó afectar de la manera más brutal por el dolor, pero que también es suficientemente soberano para terminar para siempre con él y llevarnos a un mundo mejor, ese mundo que todos soñamos.

Perseveremos en la fe, confiemos en Dios, y vivamos con la mirada puesta en la Eternidad, en nuestro verdadero hogar, el celestial. RA


Referencias:

1 Roberto Badenas, Encuentros (Buenos Aires: ACES, 2016), pp. 85, 86.

2 Elena de White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: ACES, 2015) p. 553.

3 _____________, El Deseado de todas las gentes (Buenos Aires: ACES, 2008), p. 195.

4 La teodicea es una rama de la filosofía y de la teología que, literalmente, intenta “justificar a Dios” frente al escándalo del mal y del dolor; es decir, exonerarlo de culpa y cargo, y defender su bondad y su sabiduría frente a los cuestionamientos que el sufrimiento despierta en la mente y el corazón de muchas personas.

5 Badenas, ibíd., p. 88.

6 Elena de White, Primeros escritos (Buenos Aires: ACES, 2014), pp. 47, 48.

2 Respuestas

  1. Elvis Ayala Santos

    Gracias Pablo, un abrazo para vos y tu familia. Bendiciones, salud y éxito en este VEINTE22

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