La importancia de centrarse en el curso histórico de las profecías apocalípticas.

Está terminando el año 2021; sin duda, un año que no catalogaríamos como “normal”. Estamos ¿terminando? una pandemia. Los eventos asociados a la aparición de la COVID-19 han dejado, más allá de las trágicas muertes, un planeta devastado, tanto económica como socialmente. Estos eventos, además, han encontrado sociedades y comunidades (incluyendo la nuestra) totalmente polarizadas ideológicamente, donde las fake news, las teorías conspirativas y la desinformación son las armas más utilizadas. Las redes sociales, además, se encargan de hacer de caja de resonancia, que en muchos casos terminan por abrumar, atemorizar y confundir a aquellos cristianos que, como los adventistas, están atentos a las señales proféticas.

Por eso es bueno, al terminar un año y estar por comenzar otro, mirar las profecías apocalípticas desde otro ángulo. Primero, veamos lo que ya hemos pasado. La referencia más conocida de Jesús a las profecías apocalípticas se encuentra en su discurso en el Monte de los Olivos (Mat. 24; Mar. 13; Luc. 21). Este sermón apocalíptico surgió en respuesta a la pregunta de los discípulos sobre las señales del tiempo del fin. Los vínculos lingüísticos y temáticos entre el discurso de Jesús en el Monte de los Olivos y las profecías apocalípticas del libro de Daniel sugieren que Jesús siguió el esquema general de la historia de la salvación de Daniel.

Una de las principales características del libro de Daniel son sus profecías de largo alcance, que se extienden desde los días del profeta hasta el final de los tiempos. En la misma línea, el sermón profético de Jesús cubre el continuo histórico e ininterrumpido desde sus días hasta la Segunda Venida y más allá. Entre los sinópticos, el Evangelio de Lucas pone más énfasis en este desarrollo histórico de las profecías apocalípticas. Así, por ejemplo, menciona que la “abominación desoladora” se cumpliría en el histórico sitio de Jerusalén por fuerzas militares en sus días (Luc. 21:20), y que sería seguida por “el tiempo de los gentiles” (vers. 24), caracterizado por tiempos angustiosos para el pueblo de Dios. Inmediatamente después, Lucas menciona las señales cósmicas que prenuncian la segunda venida de Cristo (vers. 25-28).

En este contexto, Jesús enfatizó la necesidad de estar preparados para su segunda venida, un evento histórico real y literal. Es más, Cristo compara lo inesperado de la Segunda Venida con el Diluvio (Mat. 24:37-39). Sin embargo, nadie sabe su día y hora (vers. 36); la actitud correcta de los creyentes es “estar atentos, velar y orar” (Mar. 13:33). Su segunda aparición, sin embargo, no puede ocurrir en cualquier momento dado, porque Jesús enfatizó que algunas profecías debían cumplirse primero, como la llegada de la “abominación desoladora” (vers. 15), la “gran tribulación” (vers. 21) y la predicación del evangelio a todo el mundo, y “entonces vendrá el fin” (vers. 14).

La principal preocupación de Cristo, en este discurso apocalíptico, fue dar una especie de cronograma divino para las profecías del tiempo del fin, de modo que las personas que vivan en el fin de los tiempos puedan estar preparadas para este evento final. Pablo enfatizó este hecho en su segunda epístola a los Tesalonicenses. Aparentemente, los tesalonicenses habían entendido mal el sentido de cercanía de Pablo, al afirmar que la Segunda Venida estaba a punto de suceder en sus días. El apóstol les presentó un calendario profético claro –a propósito, siguiendo el bosquejo profético principal de Daniel y Jesús–, enfatizando que algunas profecías históricas deben cumplirse antes de la venida de Jesús. Él mencionó específicamente el surgimiento de la apostasía (2 Tes. 2:3) y el del anticristo (vers. 4), quien, aunque ya estaba trabajando, estaba siendo refrenado por otro poder (vers. 6). Por lo tanto, Pablo dejó en claro que la segunda venida de Jesús se hará realidad solo después de que se cumplan algunas profecías específicas.

Y eso nos deja a las puertas del año 2022, cuando la mayoría de estas profecías señaladas por Daniel, Jesús y Pablo ya se han cumplido. Claro, todavía restan algunas más: el reavivamiento del pueblo de Dios para poder recibir la lluvia tardía, el zarandeo, el fuerte pregón y la finalización de la predicación simbolizada por el cuarto ángel de Apocalipsis 18; todos eventos que podrían desencadenarse rápidamente.

Hemos transcurrido gran parte del derrotero profético. Queda muy poco. ¿Cuánto es “poco”? Ningún humano lo sabe, pero sí podemos prepararnos y actuar para que esos escasos eventos que faltan nos encuentren en el lugar adecuado, en el momento correcto y con la actitud necesaria. ¡Maranatha!

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