Todo lo demás es superfluo y un callejón sin salida.

Hace unos años, cuando teníamos la visión de replantar nuestra iglesia, una persona en particular me preguntó si podía reunirse conmigo en privado para expresar algunas preocupaciones que tenía sobre la dirección en la que estábamos yendo. En el transcurso de nuestra charla, describió lo que le preocupaba, señalando algunas propuestas que habíamos hecho para el nuevo formato de nuestros cultos.

En particular, estaba molesto por el uso de la guitarra rítmica (que aparentemente era demasiado sensual para sus escrúpulos), así como por nuestra propuesta de servir refrigerios al comienzo del servicio. (“A fin de cuentas –dijo–, los adventistas no comen entre comidas”). Todo lo dejaba exasperado. “¿Acaso sigue siendo una iglesia adventista?”, se preguntaba, incrédulo.

Quiero dejar algo en claro: Sé que esta persona ama a Jesús, y solo estaba tratando de mantenerse fiel a su conciencia. De ninguna manera quiero burlarme de ello, o de él. Es una persona sincera y honesta. Pero esto me dejó la conclusión de que tenemos dos visiones divergentes del Adventismo.

No es que anhele un Adventismo caracterizado por los bocadillos y la guitarra, como si eso fuera la cima, el mayor logro de la iglesia. Quizá los bocadillos y la guitarra sean cuestiones que necesiten ser acotadas. Pero el punto es este: No estoy seguro de que quiero ser parte de un Adventismo en el que estas cuestiones sean la prueba definitiva para saber si una persona o una iglesia local son fieles a los principios fundamentales y a la identidad de la iglesia. ¿Realmente queremos –o creemos– que solo aquellos que no comen entre comidas sean los verdaderos adventistas?

Por mi parte, lo que veo para el Adventismo, lo que veo para su futuro, es una fe que se define por una cosa, y solo una cosa: Jesús.

Volviendo al futuro

La tensión que describí arriba no es nada nuevo, por supuesto. Hace mucho tiempo, Elena de White tuvo esta visión para el Adventismo cuando se encontró y se regocijó con la predicación de dos jóvenes predicadores: Alonzo T. Jones y Ellet J. Waggoner. Culminando en el Congreso de la Asociación General de la iglesia de 1888, en Minneapolis, estos dos jóvenes trajeron el evangelio a una fe reseca y sedienta.

“Como pueblo –relató Elena de White dos años después de Minneapolis–, hemos predicado la Ley hasta estar tan secos como las colinas de Gilboa, que no tenían rocío ni lluvia”. [1] Muchos pastores, a quienes ella se refirió como “hombres no convertidos”, tenían tanto celo porque la iglesia recobrara la enseñanza del sábado, así como su énfasis en otros temas como la dieta y una vida saludable, que habían dejado a un lado a “Cristo y su incomparable amor”. Ellos, por su parte, presentaban “discursos argumentativos”.[2] Pero “necesitaban dirigir sus ojos a Cristo, a su persona divina, a sus méritos, a su amor inalterable por la familia humana”, porque “muchos habían perdido de vista a Jesús”.[3]

Jones y Waggoner trajeron exactamente lo que le faltaba a la iglesia: Jesús, en toda su belleza y su amor. Cuando Elena de White los escuchó predicar en Minneapolis, su corazón saltó de gozo. Más tarde, relató: “Cada fibra de mi corazón dijo: Amén”.[4] Ella llamó a sus presentaciones “un preciosísimo mensaje” que Dios había enviado “en su gran misericordia”. Era “el mensaje que Dios ordenó que fuese dado al mundo”, “para que el mundo no siguiera afirmando que los adventistas del séptimo día hablan de la Ley y la Ley pero no enseñan a Cristo ni creen en él”.[5] Es más, el mensaje que proclamaron, según White, era “la luz que ha de alumbrar a toda la Tierra con su gloria”.[6]

Pero esto no pudo ser. La vieja guardia, creyendo que estaba protegiendo al Adventismo y los “hitos antiguos”, repelió con violencia esta “nueva luz” que habían traído Jones y Waggoner. La trágica ironía es que la vieja guardia pensaba que simplemente estaban protegiendo los “hitos antiguos” –esto es, pensaban que estaban protegiendo al verdadero Adventismo–, cuando ellos, en palabras de Elena de White, “no sabían cuáles eran los hitos antiguos”.[7]

El resultado de todo el episodio de Minneapolis fue un gran alejamiento de Jesús. “Suscitando esa oposición –lamentó más tarde Elena de White–, Satanás tuvo éxito en impedir que fluyera hacia nuestros hermanos, en gran medida, el poder especial del Espíritu Santo que Dios anhelaba impartirles. […] Fue resistida la luz que ha de alumbrar a toda la Tierra con su gloria, y en gran medida ha sido mantenida lejos del mundo por el proceder de nuestros propios hermanos”.[8]

Desde entonces, hemos estado cosechando los resultados.

Reimaginemos el Adventismo

Cuando miro el Adventismo del futuro, veo a Jesús. Veo una iglesia que lo ha abrazado por completo a él y a su evangelio. Él es nuestra única esperanza. Nuestro éxito futuro no vendrá porque hayamos descubierto la fórmula correcta para evangelizar o hacer misión; no será el resultado de tener edificios más bonitos o de recuperar algún tipo de “Adventismo histórico”. Sucederá cuando nos juguemos todo por Jesús.

No busco crear una falsa dicotomía o disminuir la importancia de la innovación en la misión (de lo que soy un gran entusiasta). Cuando nos jugamos todo por Jesús –realmente nos jugamos todo por Jesús–, la creatividad y la innovación siguen naturalmente en sus pisadas.

Esto tampoco significa que Jesús está en contraposición con la teología y la doctrina adventistas. Abrazar a Jesús no es algo que sucede a pesar de la teología adventista, sino que es el resultado de una comprensión adecuada de ella.

De hecho, no estoy hablando de una idea vaga e insustancial de Jesús. Me refiero a una expresión de Jesús absoluta y plena, con definición y sustancia. Estoy hablando de un Jesús que literalmente experimentó el infierno porque consideró nuestra existencia eterna como algo más importante que la suya propia; un Jesús que murió para demostrar que somos dignos y valiosos; un Jesús que nos da descanso, incluyendo un recordatorio semanal de este, para que podamos ser liberados de nuestra culpa, vergüenza, miedo y constante ajetreo; un Jesús que nos mira con amor más que con condenación; un Jesús que nos da principios por los cuales vivir, para que podamos experimentar un óptimo desarrollo humano; un Jesús que un día finalmente aplastará todo mal a fin de que podamos vivir por siempre en paz y seguridad; un Jesús que incluso arriesgó su reputación, y voluntariamente dejó que fuera manchada y difamada, creyendo que su amor finalmente vencerá y se demostrará que su carácter es justo.

Ese es el Jesús del que estoy hablando.

Y no hay nada ni nadie más hermoso. Y no hay nada más que sea digno de nuestra contemplación, no hay nada más en torno de lo cual debamos organizar nuestra fe. Si el Adventismo va a tratarse de algo, que sea de Jesús. Todo lo demás es superfluo y un callejón sin salida.

¿Puede el Adventismo llegar a esto en el futuro? Espero, confío y creo que podemos hacerlo, y lo haremos. Y estoy comprometido a trabajar con ese fin, a través de la pluma, la voz y –lo más importante– la acción.

Shawn Brace es pastor y escritor. Vive en Bangor, Maine, EE.UU. La versión original de este comentario se publicó en la revista Mountain Views (otoño 2021), de la Asociación de las Montañas Rocosas (EE. UU.).


Referencias:

[1] Elena de White, The Ellen G. White 1888 Materials (Washington D.C.: Ellen G. White Estate, 1987), p. 560.

[2] ______, Fe y obras (Florida, Buenos Aires: ACES, 2012), p. 13.

[3] ______, Testimonios para los ministros (Florida, Buenos Aires: ACES, 2013), pp. 107, 108.

[4] ______, Sermones escogidos, t. 1 (Florida, Buenos Aires: ACES, 2015), p. 128.

[5] ______, Testimonios para los ministros, pp. 107, 108.

[6] ______, Mensajes selectos, t. 1 (Florida, Buenos Aires: ACES, 2015), p. 287.

[7] ______, El otro poder (Florida, Buenos Aires: ACES, 2013), p. 25.

[8] ______, Mensajes selectos, t. 1, p. 287.

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