¿Qué implica realmente “esperar en Dios”?

Hay una frase que solemos leer y escuchar a menudo en nuestras actividades espirituales: “Esperar en el Señor”. Muchos textos bíblicos maravillosos presentan esta idea. Uno de mis favoritos es Isaías 40:30 y 31: “Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”.

También David, cuando Dios lo liberó de sus enemigos, cantó que Jehová es “escudo a todos los que en él esperan” (2 Sam. 22:31). Y el apóstol Pablo le escribió a Timoteo que “trabajamos y sufrimos oprobios, porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” (1 Tim. 4:10).

Muy motivador. Pero ¿qué significa “esperar Dios”? Sinceramente, la idea de esperar no nos da mucha gracia. Preferimos saberlo y tenerlo todo cuanto antes. Esperar implica incertidumbre, y hasta desorientación y desasosiego. Al final de la espera puede haber un final feliz, pero también puede haber un gran chasco.

Por un momento, salgamos con nuestra imaginación de la cultura “inmediatista” en la que vivimos y entremos en la perspectiva de Dios. Miremos las cosas desde aquel otro ángulo. 

Hay una mesa redonda y los tres caballeros de la Deidad conversan sobre alguno de nosotros. Está muy claro que hay un inmenso amor hacia nosotros. Y también está claro que hay un gran deseo de contribuir a nuestro desarrollo, porque tenemos mucho que aprender.

Se lanza –una vez más– un operativo divino de desarrollo en favor de sus hijos. El Espíritu Santo entra en acción más poderoso aún, honrando las oraciones que se hacen en nuestro favor. Dios, en su infinita sabiduría, utiliza las situaciones de nuestra vida y de la sociedad que nos rodea como terreno de entrenamiento.

Él sabe que puede ser duro, así que guía nuestros pensamientos hacia sus promesas, ya que nos ayudarán a ver que no estamos solos en el proceso. Más aún, nos recuerdan que Jesús ya pagó el precio de nuestra salvación. El final de nuestra historia será feliz, pase lo que pase en esta Tierra.

Mientras dure el entrenamiento, mientras sigamos aceptando que Dios nos modele y nos transforme, estaremos sencillamente esperando en el Señor. Y sus promesas serán herramientas poderosas para mantenernos motivados.

Porque este proceso puede durar un tiempo, dos tiempos o el resto de nuestra vida aquí en la Tierra. Pero, mientras mantengamos claro en nuestra mente que desde la perspectiva de Dios todas las cosas que nos suceden nos ayudan crecer y mejorar (Rom. 8:28), podremos desarrollar una relación muy sana y fresca con las promesas divinas.

Estas preciosas promesas se convertirán en nuestra fuente de energía para continuar entrenando y esperando. El Señor nos dará la fuerza y la paz prometidas, y podremos levantar vuelo como las águilas.

“El águila de los Alpes es a veces arrojada por la tempestad a los estrechos desfiladeros de las montañas. Las nubes tormentosas cercan a esta poderosa ave del bosque y con su masa oscura la separan de las alturas asoleadas donde ha construido su nido. Los esfuerzos que hace para escapar parecen infructuosos. Se precipita de aquí para allá, bate el aire con sus fuertes alas y despierta el eco de las montañas con sus gritos. Al fin se eleva con una nota de triunfo y, atravesando las nubes, se encuentra una vez más en la claridad solar, por encima de la oscuridad y la tempestad” (Elena White, La educación, p. 105).

Esperar en el Señor es vivir con la seguridad de que, en medio de la tormenta, él está obrando nuestra santificación, ayudándonos a ser personas que podrán reflejar el amor de Dios a otros. Es aferrarnos a sus promesas y mirar, con energía y con fe, al sol que brilla allá arriba.

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