“El carácter se manifiesta en los grandes momentos, pero se construye en los pequeños” (Phillips Brooks).

Luis XVI nunca llegó a captar el sentido de lo que significaba ser rey de Francia entre 1774 y 1789. No se ocupó responsablemente de las implicaciones de su cargo, ni trabajó metódicamente a diario por ello. Al contrario, se concedía numerosas licencias y se dedicaba al entretenimiento y a la caza. La mezcla de su personalidad débil con el contexto histórico conformó el cóctel perfecto para darle un fin fatal no solo a sus intentos de gobierno sino también a su propia vida. Por eso, durante su reinado, la Revolución Francesa encontró lugar para gestarse.

Fue el 14 de julio de 1789 cuando Luis XVI envió al ejército con el fin de disolver la Asamblea Nacional, que exigía una constitución para Francia. Así, las masas populares parisinas tomaron las armas y asaltaron la Bastilla. Acusado de traición y condenado a muerte, Luis XVI faltó a su cita con la vida el 21 de enero de 1793, cuando murió guillotinado. ¡Qué infortunado final!

Muchos años antes, hubo otro rey de carácter inestable y despreocupado que rigió los destinos de Israel solo dos años (entre 886 y 885 a.C.). Su nombre fue Ela y su fugaz historia se encuentra registrada en 1 Reyes 16:8 al 14. Las circunstancias llevaron a que un tal Zimri, comandante de la mitad de los carros, se rebelara contra él. Sin embargo, la insurrección no ocurrió en el vacío, sino que tuvo su base: “Y estando él en Tirsa, bebiendo y embriagado en casa de Arsa su mayordomo en Tirsa, vino Zimri y lo hirió y lo mató, en el año veintisiete de Asa rey de Judá; y reinó en lugar suyo” (1 Rey. 16:9, 10). ¡Qué mísero final!

En tiempos bíblicos, Tirsa era una ciudad de afamada belleza. Adquirió relevancia cuando Jeroboam la convirtió en su residencia y capital del Reino del Norte (1 Rey. 14:17). Excavaciones arqueológicas realizadas en la zona arrojaron como resultado que Tirsa era un lugar muy seguro, rodeado de fuertes muros de piedra. Ela pensó que entre esas fortificaciones estaría protegido; pero, no. Cuando somos intemperantes, no tenemos firmeza de propósito y derrochamos nuestros dones y talentos en pos de la mera gratificación propia, y quedamos a la intemperie, desamparados y ausentes de defensas. La dureza de unas cuantas rocas exteriores no nos resguardará de los peligros de nuestro propio corazón de piedra, resistente a las enseñanzas de Dios. 

El nombre Ela, en hebreo, significa “árbol fuerte” y se lo relaciona con un roble. De porte majestuoso, el roble es asociado a la fortaleza y la seguridad. El roble posee muy buena altura (puede elevarse hasta cincuenta metros) y es muy longevo (puede vivir hasta doscientos años). De allí que la expresión “fuerte como un roble” señale a una persona de marcada resistencia, notable seriedad y distinguidos propósitos. 

Paradójicamente, la inestabilidad de Ela estaba en las antípodas de la nobleza y la durabilidad de la madera del roble. En estos tiempos turbulentos, hoy más que nunca la mayor necesidad de la iglesia y de la sociedad son “líderes robles”. Esos hombres y mujeres que resisten las tentaciones, que tienen integridad de carácter, que saben controlarse a sí mismos en lo referente a sus gustos e impulsos y que se mantienen firmes en los principios inalterables de la Biblia. Esos hombres y mujeres que no se compran ni se venden, que son sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas, que no temen dar al pecado el nombre que le corresponde, cuya conciencia es tan leal al deber como la brújula al polo, y que se mantienen “de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos” (Elena de White, La educación, p. 57).

Es interesante notar que esta famosa cita continúa y tiene un gran cierre en el que se detalla cómo ser ese tipo de personas, ya que hay una preparación previa, una inversión de tiempo y un claro ejercicio de la voluntad para obtener resoluciones sólidas: “Pero semejante carácter no es el resultado de la casualidad; no se debe a favores o dones especiales de la Providencia. Un carácter noble es el resultado de la autodisciplina, de la sujeción de la naturaleza baja a la superior, de la entrega del yo al servicio de amor a Dios y al hombre” (ibíd.).

Ante los desestabilizadores ataques de los “Zimris” enemigos, mantengámonos alerta –siempre con la fortaleza divina– cuidando nuestro cuerpo y nuestra mente en sano y temperante equilibrio.

Sobre el Autor

Es Licenciado en Teología y en Comunicación Social. Además, tiene una maestría en Escritura creativa. Es autor de los libros “¿Iguales o diferentes?”, “1 clic” y “Un día histórico”. Actualmente es editor de libros, redactor de la Revista Adventista y director de las revistas Conexión 2.0 y Vida Feliz, en la Asociación Casa Editora Sudamericana.

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