Una revelación certera en medio de la crisis.

El libro de Daniel describe algunos momentos importantes conectados con el Santuario. Estas referencias al Templo, o Santuario, muestran su importancia en torno a los eventos y las profecías descritos por el profeta. El libro inicia con la descripción de la caída de Jerusalén y se hace mención a la profanación del Templo. El texto declara que “parte de los utensilios de la casa de Dios; [Nabucodonosor] los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la casa del tesoro de su dios” (Dan. 1:2). Estos mismos utensilios fueron utilizados de manera profana por Belsasar cuando “mandó que trajeran los vasos de oro y de plata que Nabucodonosor, su padre, había traído del templo de Jerusalén, para que bebieran de ellos el rey y sus grandes, sus mujeres y sus concubinas” (Dan. 5:2).

Es interesante notar que, en ambos casos, los utensilios de la casa de Jehová son mencionados tanto en el surgimiento del Imperio Neobabilónico (Dan. 1) como al momento de su caída (Dan. 5). Del mismo modo, dichas referencias se conectan directamente con la caída de Jerusalén (Dan. 1) y su restauración (Dan. 5) ya que, cuando Belsasar es derrotado, Ciro da la orden para retornar a Jerusalén y reconstruir el Templo (Esd. 5:13; 6:3). Así, el motivo del Santuario en el libro de Daniel juega un papel importante en la descripción de la caída y la restauración de Jerusalén en contraposición con el poder enemigo, al menos en el nivel terrenal.

Sin embargo, se puede notar –de manera evidente en el libro de Daniel– un conflicto no solamente entre dos poderes terrenales, Jerusalén y Babilonia, sino también el conflicto cósmico entre Dios y la Serpiente antigua, el bien contra el mal, los santos del Altísimo contra el Cuerno pequeño. Esto indicaría que los eventos que suceden en la Tierra están conectados con los eventos celestiales. La batalla contra Jerusalén no es solamente un asunto de poderes terrenales. Esa conexión entre lo terrenal y lo celestial puede notarse en la profecía de las 2.300 tardes y mañanas. Cuando se le anuncia que el Santuario sería purificado, Daniel considera que el foco está en el Santuario de Jerusalén (ver Dan. 9). Sin embargo, la perspectiva de Dios apunta a la purificación del Santuario celestial al final de las 2.300 tardes y mañanas. Así, los eventos históricos y proféticos en Daniel guardan cierta relación. Mientras que Daniel espera que el Templo sea restaurado, Dios está preocupado por la purificación del Santuario celestial. Así, considerando las inquietudes y la confusión que tiene el profeta (ver Dan. 8:26, 27), Dios envía al ángel Gabriel para hacerle entender que Dios está anunciando una restauración que va mucho más allá.

De esta manera, Gabriel explica la venida del Mesías en el contexto de las 2.300 tardes y mañanas (Dan. 8:14). Esto significa que, aunque el profeta no entienda que se está hablando del Santuario celestial, tiene en mente la purificación del Templo de Jerusalén. Así, el foco está en la obra que se realizaría en el Santuario, y es a partir de dicha plataforma (la del Santuario) que el profeta recibe la explicación del capítulo 9 anticipando las primeras 70 semanas de años de los 2.300 años.

De este modo, Daniel 9:24 al 27 se enfoca en la labor del personaje central del libro de Daniel al declarar que “se quitará la vida al Mesías” (vers. 26). Es en torno a la muerte del Mesías que se hace posible una obra que nadie más puede hacer: “terminar la prevaricación, poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable” (vers. 24). Si se nota con detalle, la obra del Mesías y su muerte apuntan a ponerle fin al pecado y a la rebelión o, como se traduce, “prevaricación”. Esto significa que es la labor del Mesías la que finalmente logra ponerle fin al pecado. Más aún, siendo que la explicación de la purificación del Santuario está en perspectiva, Daniel 9:24 apunta a la labor del Mesías para hacer posible la expiación de la iniquidad y establecer la justicia eterna. Así, la descripción del Santuario en Daniel apunta a la solución final del pecado por medio del Mesías y su sacrificio. 

Sin el Mesías, el fin del pecado y la justicia eterna son imposibles. Acerquémonos, pues, confiadamente al Trono de Dios por medio de la sangre preciosa del Cordero.

¡Maranatha!

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