¿Qué valores espirituales estamos transmitiendo intencionalmente a nuestros hijos?

“Dios no juega a los dados”, dijo alguien cierta vez, a fin de demostrar que el azar no existe. Dios es omnipotente, omnipresente y omnisciente. Nada sucede sin su permiso. Ni un solo cabello cae de tu cabeza sin que él lo sepa (Luc. 12:7; 21:18).

En la formación de una familia, el azar no funciona. En el rompecabezas de las relaciones, las piezas no encajan; deben colocarse con cuidado. Si esto no ocurre así, el resultado será frustración, decepción y rebelión. Este principio se aplica a todos los aspectos de la familia, pero es fundamental para lo espiritual, porque “si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Sal. 127:1).

El sacerdote Elí es un triste ejemplo de esta realidad. A pesar de su dedicación al ministerio, descuidó a su familia. A su vez, la madre del pequeño Samuel, que creció en la propia casa de este hombre de Dios, se dedicó con esmero a la educación espiritual de su hijo. El resultado no podía ser diferente: Samuel se convirtió en un joven fiel, y fue elegido como mensajero de Dios. Por otro lado, los hijos de Elí perdieron el respeto por las cosas sagradas, causaron disgusto a su padre y vergüenza a su pueblo. La historia podría haber sido muy distinta si Elí hubiera asumido su responsabilidad paterna, sin dejar al azar la formación espiritual de sus hijos.

Este ejemplo bíblico demuestra que es pertinente transmitir intencionalmente los valores espirituales. Cuando esto no sucede, la familia termina en crisis, porque “lo que causa división y discordia en las familias y en la iglesia es la separación de Cristo” (Elena de White, El hogar cristiano, p. 147). Esta señal de alerta es para los padres, que deben tener “un sentido de la solemnidad y la santidad acerca del ministerio que se les ha confiado, para que sean conscientes de que por sus palabras y acciones descuidadas puedan conducir a sus hijos por mal camino” (Elena de White, Recibiréis poder, p. 140).

Cuando mi hija era bebé, lloraba mucho por la noche, y mi esposa y yo dormíamos muy mal. Hablé de la situación con un colega del ministerio y me dijo algo que nunca olvidé: “No te preocupes. Mi hija tiene 22 años y aún duermo mal”. El mensaje fue claro: la educación y la salvación de nuestros hijos es un trabajo de por vida. Elena de White recuerda que los padres “nunca se liberan de la carga de educar y preparar a sus hijos para Dios”. Deben dedicarse por completo a este trabajo, incluso desde “antes del nacimiento” (Signs of the Times, 9 de abril de 1896).

La educación de calidad comienza en cada hogar, pero sus efectos terminan sintiéndose dentro de la iglesia. Todo lo que sucede allí se construye sobre la base espiritual que los padres ya han construido. Por eso, antes de preparar una iglesia mejor para nuestros hijos, debemos preparar mejor a nuestros hijos para la iglesia.

En este gran trabajo, los padres somos la referencia central para ellos. Los niños no verán “a Dios como un Padre, a menos que vean un poco de Dios en sus padres” (Austin L. Sorensen). Necesitan palabras sabias, pero también ejemplos mucho más concretos. Podemos llevarlos a la iglesia e incentivarlos a estudiar la Biblia, a orar y a leer literatura cristiana; pero si estos no son los hábitos de los padres, todo se perderá.

A pesar de todo el esfuerzo, algunos niños pueden terminar enfriándose en la fe, albergando sentimientos de rebelión o siguiendo influencias que los alejan de Dios. Lo importante es no conformarse ante esta situación; si el fundamento espiritual es sólido, los padres pueden confiar en la semilla bien plantada y en los milagros de Dios. Así, deben continuar aconsejando, orando y confiando, ya que “muchos que se habían extraviado lejos del redil regresarán para seguir al gran Pastor” (Elena de White, Eventos de los últimos días, p. 156).

Para ayudar en esta tarea, el programa de los 10 días de oración de este año (que se realizará entre el 18 y el 27 de febrero) se centrará en la familia. Mantener una sólida base espiritual para afrontar las crisis de relaciones, debido al largo aislamiento por la pandemia, solo será posible si miramos más intensamente a Dios. 

Así, tendremos familias fieles hasta el final, y la formación espiritual de nuestros niños no será dejada al azar.

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