¿Qué dijo Elena de White sobre la ecología, el medioambiente y nuestra responsabilidad de cuidar el planeta Tierra?

El plan original de Dios

El Huerto del Edén, morada de nuestros primeros padres, era extremadamente hermoso. Graciosos arbustos y flores delicadas deleitaban los ojos a cada paso. En este huerto había árboles de toda especie, muchos de los cuales llevaban frutos perfumados y deliciosos. En sus ramas las aves modulaban sus cantos de alabanza. Adán y Eva, en su pureza inmaculada, se regocijaban por lo que veían y oían en el Edén. Aún hoy, a pesar de que el pecado ensombreció la Tierra, Dios desea que sus hijos se regocijen en la obra de sus manos (Consejos sobre la salud, p. 263).

El plan de vida que Dios señaló a nuestros primeros padres encierra lecciones para nosotros. Aunque el pecado haya echado sus sombras sobre la Tierra, Dios desea que sus hijos encuentren deleite en las obras que hizo. Cuanto más estrictamente se conforme el hombre al plan de vida del Creador, tanto más maravillosamente obrará Dios para restaurar a la humanidad doliente. Es preciso colocar a los enfermos en íntimo contacto con la naturaleza. La vida al aire libre en un ambiente natural hará milagros en beneficio de muchos enfermos desvalidos y casi desahuciados. El ruido, la agitación y la confusión de las ciudades, su vida reprimida y artificial, cansan y agotan a los enfermos. El aire cargado de humo y de polvo, viciado por gases deletéreos y saturado de gérmenes morbosos, es un peligro para la vida. […] En cuanto sea posible, todos los que quieren recuperar la salud deben ir al campo a gozar de los beneficios de la vida al aire libre. La naturaleza es el médico de Dios. El aire puro, la alegre luz del Sol, las flores y los árboles, los huertos y los viñedos, y el ejercicio al aire libre, en medio de esas bellezas, favorecen la salud y la vida (El ministerio de curación, pp. 201, 202).

La contaminación ambiental

En el futuro, la condición de las ciudades empeorará cada vez más, y su influencia se reconocerá como desfavorable al cumplimiento de la obra encargada a nuestros sanatorios. Desde el punto de vista de la salud, el humo y el polvo de las ciudades son muy contraproducentes (Joyas de los testimonios, t. 3, p. 122).

El ambiente físico de las ciudades es muchas veces un peligro para la salud. La exposición constante al contagio, el aire viciado, el agua impura, el alimento adulterado, las viviendas oscuras, malsanas y atestadas de seres humanos, son algunos de los muchos males con que se tropieza a cada paso (El ministerio de curación, p. 282).

La tierra es la viña del Señor

Los seres humanos debían cooperar con Dios en la restauración de la salud de la tierra enferma para que pudiera resultar en alabanza y gloria para el nombre divino. Y así como la tierra que poseían, si era cuidada con habilidad y fervor, produciría sus tesoros, así también su corazón, si era regido por Dios, reflejaría el carácter de Dios. […] En las leyes que Dios dio para el cultivo del suelo, estaba dando al pueblo la oportunidad de vencer su egoísmo y tener inclinación por las cosas celestiales. Canaán sería como el Edén si obedecían la Palabra del Señor. Mediante ellos, el Señor tenía el propósito de enseñar a todas las naciones del mundo cómo cultivar el suelo para que diera frutos sanos y libres de enfermedad. La tierra es la viña del Señor, y ha de ser tratada de acuerdo con su plan. Los que cultivaban el suelo habían de comprender que estaban haciendo el servicio de Dios. Estaban tan ciertamente en su destino y lugar como lo estaban los hombres nombrados para ministrar en el sacerdocio y en la obra relacionada con el Tabernáculo (Ser semejante a Jesús, p. 246).

El cuidado de los animales

A causa del pecado del hombre, “la creación entera gime juntamente con nosotros, y a una está en dolores de parto hasta ahora” (Rom. 8:22, VM). Así cayeron los sufrimientos y la muerte no solo sobre la raza humana, sino también sobre los animales. Le incumbe pues al hombre tratar de aligerar, en vez de aumentar, el peso del padecimiento que su transgresión ha impuesto sobre los seres creados por Dios. El que abusa de los animales porque los tiene en su poder es un cobarde y un tirano. La tendencia a causar dolor, ya sea a nuestros semejantes o a los animales irracionales, es satánica. Muchos creen que nunca será conocida su crueldad, porque las pobres bestias no la pueden revelar. Pero si los ojos de esos hombres pudiesen abrirse como se abrieron los de Balaam, verían a un ángel de Dios de pie como testigo, para testificar contra ellos en las cortes celestiales. Asciende al cielo un registro, y vendrá el día cuando el juicio se pronunciará contra los que abusan de los seres creados por Dios (Patriarcas y profetas, p. 420). RA

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