Comentario Lección 3 – Primer trimestre 2016

La lección de esta semana tiene la dificultad de que trata de varios personajes bíblicos (abarca prácticamente todo el libro de Génesis), y analizar cómo se libró el Gran Conflicto en la vida de cada uno de ellos merecería toda una lección particular para cada caso. A la hora de escribir un comentario, el conflicto está entre si privilegiar la extensión o la profundidad.

Como el título de la lección general del trimestre es Rebelión y Redención, voy a adoptar este título como guía del esquema que voy a seguir: presentaré algunas ideas acerca de cómo se manifestó el Gran Conflicto en la vida de cada patriarca, y a continuación haré un comentario sobre cómo se manifestó la acción redentora de Dios en favor de cada uno de ellos, que en definitiva es lo que más importa. Porque de nada nos valdría concentrarnos meramente en la dinámica del pecado y la rebelión si no privilegiamos focalizar la gracia redentora divina, que es nuestra única esperanza en esta guerra espiritual.

 

CAÍN Y ABEL

Muy temprano, en la historia de la humanidad, se manifestó aquel principio que enunciara milenios más tarde San Pablo: “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (1 Timoteo 3:12). Entre aquellos que, consciente o inconscientemente, quieran vivir de acuerdo con los principios del amor abnegado, la mansedumbre, la humildad, la rectitud moral, la integridad y la obediencia a Dios, y aquellos que prefieren hacer del yo el centro de su existencia, y optan por el egoísmo, el orgullo, la soberbia, la autosuficiencia, la independencia de Dios, se genera un antagonismo en la forma de pensar, de sentir, de hablar y de actuar. Es inevitable que surja el conflicto.

San Juan comenta acerca de Caín y Abel: “No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas” (1 Juan 3:12).

Es el odio que existe de las tinieblas hacia la luz, del engaño hacia la verdad, del mal hacia el bien.

¿En qué sentido las obras de Abel eran justas y las de Caín eran malas? Seguramente en muchos sentidos, que afectarían a su vida moral (el asesinato que perpetró Caín revela la maldad que había en su corazón). Pero, lo que destaca la Revelación del Génesis es que cómo estas obras buenas y malas afectaron la adoración de uno y de otro. Mientras que Caín presentó el fruto de SU ESFUERZO, de SU TRABAJO como una ofrenda para Dios, pero sin acompañarla con SANGRE (que representaba el sacrificio de Jesús y habría representado su dependencia de él para ser acepto por Dios), haciendo caso omiso al sistema de sacrificios estipulado por Dios como parte integrante e indispensable del culto, “por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo” (Hebreos 11:4). El sacrificio de Abel era “más excelente” que el de Caín porque lo ofreció “por la fe”, y esa obediencia al plan de Dios, ese apego a la adoración correcta versus una adoración falsa, puso en evidencia “que era justo”. Abel presentó el sacrificio de un animal, que representaba el sacrificio de Cristo, como su única esperanza de ser aceptado y bendecido por Dios, y en definitiva, salvo.

El mismo principio de independencia de Dios, de autosuficiencia, de orgullo, que anidó en el corazón de Lucifer en el cielo, logró instalarlo en el corazón de Caín, para que él eligiera SU PROPIA FORMA DE ADORACIÓN, basada en SUS PROPIOS LOGROS.

Hoy, una religión legalista, que privilegia los LOGROS ESPIRITUALES Y MORALES HUMANOS (obediencia estricta, buenas obras, perfección de carácter) por encima de la gracia de Dios, como aquello que proporciona SEGURIDAD DE SALVACIÓN, o sin lo cual habría que DESESPERAR DE LA SALVACIÓN, suele también ensañarse contra quienes dependen exclusivamente de los méritos de Cristo, de la gracia de Dios, para su salvación.

No estoy diciendo que Dios no tenga para nosotros el plan, el deseo y la voluntad de que seamos hijos obedientes, “celosos de buenas obras” (Tito 2:14), y que por su gracia perfeccionemos un carácter a su semejanza (la restauración de la imagen de Dios en nosotros es el fin último de la redención). Pero colocar estos logros como aquello que hipotéticamente nos daría la seguridad de salvación o sin lo cual, llevado al grado de perfección, no podemos gozar de la seguridad de la salvación, es negar la cruz, rechazar o caer de la gracia, poner nuestra confianza en la carne: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4); “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16); “No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21); “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10). Nuestra única seguridad es, al igual que Abel, depender absolutamente de la suficiencia del sacrificio expiatorio de Jesús en la Cruz.

Caín reaccionó como un niño caprichoso cuando Dios no vio con agrado su ofrenda: primero, con disgusto; luego, con resentimiento; luego, con celos hacia su hermano; y finalmente, con odio homicida. Todos sentimientos que anidan en el corazón de Satanás y que ha logrado muy eficazmente transmitirnos a los seres humanos a lo largo de la historia. Caín “era del maligno” (1 Juan 3:12). ¡Qué terrible sería que la evaluación de Dios sobre nuestra vida fuera que somos “del maligno”, en vez de que pertenecemos a Cristo!

Lo que asombra del relato es la gracia de Dios, el amor de Dios INCLUSO PARA ESTE MALVADO PRIMER HOMICIDA de la historia, desobediente, rebelde y mentiroso (quiso negar a Dios que sabía qué había sido de su hermano); y no solo homicida sino también FRATRICIDA (en realidad, deberíamos llegar al punto de considerar que todo homicidio es un fratricidio, si logramos ver en cada ser humano a un hermano, como es el deseo de Dios). Incluso sobre este pecador capaz de matar a su hermano, Dios incluyó una promesa de protección y providencias para su seguridad en medio de una Tierra que empezaría a ser violenta: “Y le respondió Jehová: Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara” (Génesis 4:15).

Como diría Jesús: “[Dios] hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45).

 

EL DILUVIO

¡Qué poder difusivo, expansivo y agravante tiene el pecado, la rebelión, este Gran Conflicto! Hasta qué punto, como un virus mortal, había llegado a afectar a la humanidad, que la evaluación divina sobre el mundo antediluviano fue que “vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5). Todo esto nos muestra LA VIOLENCIA del Gran Conflicto, la situación de GUERRA ESPIRITUAL en la que nos encontramos.

La cosa no es muy distinta en la actualidad, al punto de que tanto Jesús como Pedro nos dicen que la condición moral y espiritual de la humanidad, hacia el final de su historia, será muy similar a la del mundo antediluviano (Mateo 24:37-39; 2 Pedro 3:5-7). La degradación moral de aquel entonces y la de hoy, con los sufrimientos consecuentes producto del egoísmo, el odio, la injusticia y la violencia, nos revelan la naturaleza maligna, perversa y destructora del “terrible experimento de la rebelión”, y debería ser suficiente para que nos convenzamos de que Dios tiene razón en este Gran Conflicto, y que lo más noble, sensato y aun conveniente que podemos hacer es colocarnos de su lado y no del lado del enemigo.

Dios sabía que necesitaba tomar una medida drástica. No se podía seguir tolerando esa situación. Sin embargo, antes de ejecutar su “extraña obra” (Isaías 28:21), dio 120 AÑOS DE OPORTUNIDAD a esa humanidad degradada, a través de la predicación de Noé. Si bien el castigo nos puede parecer terrible, para nuestra mente finita, consideremos que fue precedido por más de un siglo de oportunidades para que se arrepintieran.

Del mismo modo, la situación actual de la humanidad exige que Dios intervenga de una vez por todas. Pero, al igual que con aquella gente, “el Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Todos somos pecadores, pero lo que marcará la diferencia en nuestro destino será nuestro arrepentimiento y nuestra fe en Jesús como Salvador, o nuestra impenitencia y nuestro endurecimiento en el pecado. Si Jesús todavía no regresa, no es por alguna falla en la promesa de Dios, sino porque todavía nos está concediendo su misericordia a todos, para que tengamos la oportunidad de arrepentirnos y ser salvos.

 

ABRAHAM

Abraham no era un hombre empedernido en el pecado, o que se haya visto seducido por pecados graves, como David cuando adulteró con Betsabé. El problema de él en el Gran Conflicto, como nos sucede a muchos de nosotros, no tiene que ver tanto con tener una actitud de rebelión contra Dios, de apego al mal en sus muchas formas, sino con el MIEDO. El miedo a que lo maten (dos veces) por causa de la belleza de su esposa; el miedo a quedarse sin hijos, sin descendencia. Es el miedo propio que genera la inseguridad de vivir en este mundo de pecado y dolor. Y esa inseguridad lo llevó varias veces a no confiar lo suficientemente en Dios como para descansar en que Dios se ocuparía de su vida, de resolver sus problemas, de cumplir sus promesas, sin necesidad de una ayuda extra, humana, con planes y principios humanos, alejados de la forma en que Dios tiene de hacer las cosas.

Este es quizá el mayor problema que tenemos los cristianos que tratamos sinceramente de vivir de acuerdo con la voluntad moral de Dios en la actualidad. No amamos el pecado, nos deleitamos en los principios morales del Cielo, pero acuciados por los problemas de la vida, muchas veces nos desesperamos, y tememos abandonarlo todo en manos de Dios, dejando que él se preocupe de resolverlos a su manera, y queremos “cooperar” con él (lo cual está bien, es un principio bíblico), pero haciendo las cosas a nuestra manera. Y así nos va, como le fue a Abraham, que entre otras cosas casi pierde a su esposa dos veces, y tuvo el dolor de tener que despedir a su hijo mayor, Ismael, por causa de los problemas hogareños que produjo su poligamia, al tener como mujer a Agar, la sierva egipcia, además de su legítima esposa, Sara. El enemigo se aprovecha de este temor, de esta inseguridad, y nos induce a fallar en la fe.

Pero, aquí también, lo más notable y maravilloso en medio de este Gran Conflicto que experimentó Abraham es el constante amor y apoyo de Dios hacia su siervo Abraham, hacia su “amigo” (Isaías 41:8). Nunca lo abandonó, nunca lo rechazó, nunca lo desamparó, a pesar de sus errores. Incluso intervino para salvar a Abraham de los líos en los que él mismo se había metido (ver Génesis 12), porque, a pesar de todo, seguía siendo su hijo, y NO PERDÍA ESTA CONDICIÓN DE HIJO AMADO POR CAUSA DE SU ERRORES Y CAÍDAS, como tampoco la perdemos nosotros por causa de nuestros defectos de carácter, errores humanos y caídas.

Por supuesto, en más de una ocasión Dios tuvo que reprenderlo, llamarle la atención, corregirlo. Pero no hay el más leve asomo de intención o sugerencia de que lo abandonaría por causa de sus errores. Por el contrario, una y otra vez le REASEGURÓ sus promesas de bendición, prosperidad y salvación. ¡Ese es nuestro Dios, del cual somos sus hijos! “Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:13).

 

JACOB Y ESAÚ

En este caso, a diferencia de Abraham, aunque también hay cuestiones terrenales de inseguridad que llevaron a estos personajes a tratar de resolver sus problemas a su manera y no la de Dios, confiando en sí mismos en vez de la providencia y la dirección divinas, se revelan rasgos desfavorables de carácter, tanto por parte de Jacob como de Esaú. Y Satanás capitalizó estos malos rasgos para realizar sus malvados propósitos y tratar de neutralizar los planes de Dios para esta familia y para la humanidad.

Y esta historia nos muestra que el enemigo se vale tanto de los defectos de carácter de las personas que solemos clasificar como de temperamento fuerte o más activo (la agresividad y violencia de Esaú, así como su irreverencia y desapego a lo espiritual), como de los de aquellos que solemos asociar a los temperamentos más tranquilos, o pasivos, como en el caso de Jacob. Pero, si bien Jacob no tenía la agresividad de Esaú, y era un muchacho más tranquilo, eso no quitó que a la hora de la verdad no le temblara el pulso para usar la extorsión (cuando se aprovechó del hambre y el cansancio de su hermano para manipularlo a fin de que le vendiera la primogenitura); el engaño abierto y descarado con su padre, haciéndose pasar por su hermano para que Isaac le diera la bendición de la primogenitura, aprovechándose así de su vejez y de su ceguera; y las frecuentes tretas y trampas que utilizó en relación con su suegro, jugando con la misma moneda deshonesta con la que este había jugado con él (tanto al engañarlo en la noche de bodas sustituyendo a Raquel por Lea, y luego en relación con el ganado).

Jacob tenía inclinaciones espirituales, pero también tenía un carácter deshonesto, engañador, manipulador, y Dios tuvo que permitir que la escuela del dolor (en gran parte como consecuencia de las propias malas decisiones de Jacob) lograra que el Espíritu Santo se abriera paso a su corazón para realizar la transformación que Jacob necesitaba. Tuvo que llegar a ese momento crítico, de la lucha con el ángel en Jaboc, y quedar disminuido físicamente, para que se realizara un cambio estructural en su carácter, y de ser un engañador o suplantador (Jacob), llegara a ser “el que vence con Dios”, o el que “vence a Dios” (Israel).

Pero, en todo ese peregrinaje físico, geográfico, familiar, pero también espiritual, nuevamente vemos la Redención: la constancia del amor, de la gracia (amor que se da sin ser merecido) de Dios, que no lo abandonó a pesar de sus errores, caídas y pecados, sino que “porfió” con él, porque tenía un propósito para su vida, como lo revela el bellísimo versículo para memorizar de esta semana: “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho” (Génesis 28:15).

En medio de peligros terrenales y espirituales, y del Gran Conflicto que se cernía sobre su vida, con la intervención diabólica para destruirlo valiéndose de sus defectos de carácter y de la malicia de otros, Dios siempre lo protegió, cuidó, condujo y bendijo. Y, lo que es más importante: lo salvó DE SÍ MISMO. Porque, por encima de sus defectos y caídas, era un hijo de Dios, y Dios tenía un propósito sublime para su vida, como también lo tiene para la nuestra, que también somos hijos de Dios, y somos considerados y tratados por Dios como tales. Por eso, qué hermoso es el testimonio que Jacob dio, al final de su vida, acerca de la fidelidad de su Padre celestial, al referirse a Dios como “el Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal” (Génesis 48:15, 16; el énfasis es mío).

Ese Dios es el mismo al que adoramos, y estará con nosotros hasta el fin de este Gran Conflicto.

 

JOSÉ Y SUS HERMANOS

La historia de José es tan rica que parece una irreverencia dedicar tan poco espacio a comentarla.

En ella, en primer lugar, se destaca cómo el enemigo utiliza los problemas de relación familiar para tratar de destruir a una persona –especialmente a quien puede llegar a ser un instrumento poderoso en manos de Dios–, suscitando o fortaleciendo pasiones humanas como el favoritismo (de Jacob hacia José, por encima de sus hermanos); la envidia y los celos (de los hermanos hacia José); y aun la inmadurez y la imprudencia de un joven como José, que aunque era bueno e íntegro podría haberse guardado algunas cosas para sí a fin de no suscitar la envidia de sus hermanos.

El enemigo quiso destruir la vida física, anímica y espiritual de este joven prometedor, y frustrar así los gloriosos planes de Dios con respecto a él y a su pueblo elegido, tratando de abatir el ánimo de José y su integridad, a través de las injusticias; la violencia; el dolor; el desamparo; la separación de la familia; el desarraigo; la esclavitud; las tentaciones de índole sexual y del lujo, el poder y el éxito; la infamia (de la mujer despechada de Potifar) y finalmente la cárcel. Pero, por la gracia de Dios, José demostró las victorias que puede lograr sobre el enemigo, en este Gran Conflicto, la persona que se aferra del poder y la gracia de Dios, y que toma la resolución de ser fiel a Dios independientemente de las circunstancias y las condiciones. El noble heroísmo de José demuestra los logros del plan de redención, el tipo de carácter elevado, robusto, puro e íntegro que puede lograrse si nos entregamos en las manos de Dios para que él realice los experimentos maravillosos de su gracia.

Así como existe el “terrible experimento de la rebelión”, también existen los maravillosos experimentos de la gracia de Dios:

“El Señor Jesús está realizando experimentos en los corazones humanos por medio de la exhibición de su misericordia y su gracia abundantes. Está realizando transformaciones tan sorprendentes que Satanás, con toda su triunfante jactancia, con toda su confederación del mal unida contra Dios y las leyes de su gobierno, se detiene para mirarlas como una fortaleza inexpugnable ante sus sofismas y engaños. Para él son un misterio incomprensible. Los ángeles, serafines y querubines de Dios, los poderes comisionados para cooperar con los agentes humanos, contemplan con asombro y gozo cómo esos hombres caídos, una vez hijos de la ira, están desarrollando, a través de la enseñanza de Cristo, caracteres a la semejanza divina, para ser hijos e hijas de Dios, para desempeñar una parte importante en las ocupaciones y los placeres del Cielo” (Elena de White, Testimonios para los ministros, p. 40).

Esta cita parece una descripción de la experiencia y la victoria de José. Pero está destinada a alentarnos a cada uno de nosotros con la seguridad de que esta también puede ser nuestra hermosa y gloriosa experiencia, si permitimos que el Espíritu de Dios realice su obra regeneradora en nosotros.

Y, en el caso de José, la Redención se manifestó no solo en este carácter maravilloso que Dios le dio a José, todo un testimonio para el poder más grande sobre la Tierra de aquel entonces, sino también en la SOBERANÍA DE DIOS sobre la historia y sobre vida de José, y aun sobre las fuerzas del mal. Si bien Dios permitió la acción diabólica sobre las circunstancias de la vida de José, prevaleció sobre ellas como Rey del universo, para llevar adelante sus propósitos de misericordia y redención. Así lo reconoció José cuando se reveló a sus hermanos, siendo ya primer ministro de Egipto:

“Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros. Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales ni habrá arada ni siega. Y Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación. Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto” (Génesis 45:5-8; el énfasis es mío).

Así también, hoy, nuestras vidas están en manos del Soberano del universo, que siempre prevalecerá sobre Satanás y sus malévolos planes para nuestras vidas, si nos ponemos en esas manos poderosas y nos entregamos para que nuestras vidas sean el desarrollo de su voluntad, como lo hizo José. Que esta sea nuestra experiencia y que permitamos a Dios ser el vencedor en la gran batalla entre el bien y el mal que se libra en nuestros corazones y en torno a nosotros.

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