El componente necesario para enfrentar las crisis y las adversidades en la familia.

“Una infelicidad nunca es maravillosa. Es un fango helado, un lodo negro, una escara de dolor que nos obliga a hacer una elección: someternos o superarlo. La resiliencia define el resorte de aquellos que, luego de recibir el golpe, pudieron superarlo”.

—Boris Cyrulnik.

La señora Ramírez solicitó ayuda en una clínica de orientación infantil por los problemas escolares de su hija. La conducta de la niña había empeorado considerablemente en las últimas semanas, lo que estaba resultando en una calamidad intolerable para sus educadores. ¿Qué había pasado? Cuando los terapeutas interrogaron por los acontecimientos recientes, descubrieron la tragedia que abatía a la familia. Hacía poco que el hijo mayor, de 17 años, se ­había implicado en un episodio de violencia calle­jera, en el que había perdido la vida. La bala que lo mató hizo trizas la felicidad del hogar. El padre se entregó a la bebida para anestesiar la pena, y así se aisló de la familia. Otro hijo, de 16 años, se convirtió en un rebelde y violento, buscando vengar la muerte del hermano. Y la señora Ramírez se dedicó a los problemas escolares de su hija, en el intento de olvidar el dolor de la pérdida.

El tratamiento se concentró en estimular la resiliencia familiar. Para ello, se trabajó en potenciar los vínculos, la solidaridad y la reciprocidad, buscando el apoyo mutuo y la colaboración. Cuando pudieron compartir el dolor de la pérdida y reconfortarse uno al otro, disminuyó el alcoholismo del padre, la agresividad del hijo y las dificultades esco­lares de la hija. Al acercarse unos a otros, empezaron a abordar otros problemas, con la convicción de que ahora, después de haber superado ese duelo trágico, eran capaces de enfrentar juntos cualquier cosa.

En otro caso, María y su esposo, Roberto, fueron examinados por sus altos puntajes de resiliencia individual y familiar. Sin embargo, María provenía de una familia que sufrió el alcoholismo grave de su padre, duras penurias económicas durante la infancia por las pérdidas reiteradas del trabajo del padre y el abandono de la familia por parte de este cuando ella tenía siete años.

A pesar de esos traumas infantiles, ­María siempre mantuvo una excelente salud. Atribuyó su resiliencia a la fuerte unidad familiar forjada por la madre y sus hermanos, además del apoyo de los parientes. Basándose en esas experiencias de la niñez, María ­había desarrollado fuertes convicciones con respec­to al matrimonio y la constitución de su propia familia. Cuando se le preguntó por qué se casó con Roberto, respondió con toda claridad: “Por dos cosas: primero, quería un marido que no bebiese; y segundo, quería que mis hijos tuvieran un padre que siempre estuviese junto a ellos”. María no se equivocó; eligió bien. Roberto era hijo de un pastor que tenía una familia sólida y estable. En la crianza de sus hijos, ambos mantuvieron un estrecho contacto y conexión con sus respectivas familias de origen, que les brindaron modelos adecuados de crianza y redes de apoyo.

María puso de relieve cualidades que han sido reconocidas como características de las personas resilientes; a saber: la capacidad para aprender de la experiencia, la adopción de decisiones conscientes con respecto al futuro y el empeño en construir un hogar sólido. 

Así, la resiliencia es “la capacidad huma­na para enfrentar, sobreponerse y ser forta­lecido o transformado por experiencias de adversidad”.1 El término proviene de la física. Se aplica a la elasticidad de un material capaz de resistir la ruptura luego de un choque o impacto con un objeto contundente. La traducción de la expresión inglesa corresponde a “entereza”; es decir, a la fortaleza o resistencia para salir airosos de las pruebas que nos golpean. En psicología, se utiliza el concepto para identificar los procesos y los hechos que permiten a los individuos y las familias soportar los desafíos y los estados persistentes de estrés con éxito. Es mirar los problemas desde sus posibilidades de superación y la perspectiva de reparación. “Se trata de la capacidad potencial de un ser humano de salir herido pero fortalecido de una experiencia aniquiladora”. Este enfo­que “se funda en la convicción de que el crecimiento del individuo y la familia puede alcanzarse a través de la colaboración en la adversidad”.2 

Necesitamos desarrollar la resiliencia con el fin de poder enfrentar las crisis y las adversidades de forma exitosa, ejercitando la solidaridad y el apoyo recíprocos en el ámbito de la familia. 

Debemos aprender a mirar los problemas desde sus posibilidades de superación y de reparación.


Referencias

1 E. Grotberg, “Resilience programs for children in disaster”, en Ambulatory Child Health, t. 7, Nº2 (2001), pp. 75-83.

2 F. Walsh, “El concepto de resiliencia familiar: crisis y desafío”, en Sistemas familiares, t. 14, Nº 1 (1998), pp. 1-11.

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