Después de una larga noche de viaje, habíamos llegado. Mi culto esa mañana había sido en silencio, con el lago Titicaca de fondo y el sol que nacía en Perú. Leí Romanos 12 y toda la carta de Santiago.

Había orado porque, aunque me había propuesto que ese viaje fuera no solo para pasear sino también para testificar, sentía que mis pocas fuerzas no me habían permitido hacer tanto como en otros viajes en cuanto a la misión. La larga travesía estaba llegando a su fin. ¿Podría todavía hacer algo? ¿Acaso no tenía más presente la idea de hacer que de ser?

Pasaron las horas. Ahora era mediodía, y estábamos con mis dos amigos en la terminal de autobuses en La Paz, Bolivia, esperando para viajar otra vez. Por los aleros entraban las palomas. Unas pantallas gigantes entretenían a los viajeros reproduciendo bloopers.

En unos pocos metros cuadrados se mezclaba gente de todo el mundo. Con voz bien colocada que retumbaba por todo el salón, los promotores, de forma cansina pero perseverante, anunciaban los diferentes destinos y las empresas que podíamos usar.

Con los pocos pesos bolivianos que nos quedaban, compramos pan, tomate, mayonesa, queso, fruta y agua. Sería nuestra última comida antes de llegar a la Argentina.

Al subir al colectivo y enfrentarnos al lento tráfico que salía de la ciudad, una mujer subió para predicar. Nos contó que dedicaba un par de horas cada día para hablar a las personas que viajaban. Ofrecía estudios bíblicos, películas y libros cristianos.

Quedé asombrada por la entrega y el fervor de esta mujer. ¿Cómo podía yo hacer algo así en el lugar donde vivía? ¿Estaba separando esa cantidad de tiempo para dar testimonio de lo que creía?

En una parada, ella bajó… Y él subió. Con sonrisa limpia, se adelantó por el pasillo y se sentó al lado de mi amigo. Detrás, subió su mamá.

El viaje era largo. Conversamos, reímos, compartimos el frío gélido de las noches del altiplano, y cruzamos juntos a La Quiaca, al norte de la Argentina.

Si nosotros veníamos cansados de viajar toda la noche, ellos venían cansados de viajar durante días desde Venezuela. A nosotros nos esperaba nuestra casa; a ellos, la incertidumbre. Nuestro viaje había sido de ocio; el suyo, de libertad. Nosotros nos habíamos tomado vacaciones; ellos habían renunciado a todo.

Al contarles un poco de nuestra vida, les dijimos que éramos adventistas, y él nos contó que había sido adventista cuando era chico, pero que hacía años había dejado la iglesia.

Cuando escuché eso, creí que todavía podía hacer algo. ¡Quizás esta fuera la oportunidad por la que venía orando! Quizá podríamos compartir con él un poco de eso que para nosotros continuaba siendo tan real.

Intercambiamos nuestros números de teléfono y quedamos en contacto. Le sugerí que fuera a la iglesia de la ciudad donde iba a vivir, ya que allí seguramente podría encontrar un poco de contención al empezar su nueva vida.

Esos días seguimos conversando. Estaba considerando volver a la iglesia. Le entusiasmaba particularmente llevar a su mamá a la Sociedad de Jóvenes y participar de alguna Escuela Sabática.

Hicimos las averiguaciones para que entrara en contacto con el pastor y los encargados de actividad misionera, y todos mostraron excelente disposición. ¡Todo marchaba sobre ruedas!

Un día se acercó a la congregación, que como en muchos lugares funcionaba solo los sábados. Golpeó la puerta y esperó. No había culto ese día. Desde adentro miraron por la ventana, lo vieron de pie allí, observaron sus tatuajes detenidamente y cerraron las cortinas.

–Yo de verdad quería volver, pero si hubieras visto la forma en que miraron mis tatuajes… –me dijo con tristeza cuando me contó su experiencia.

–¿Estás seguro de que era ahí? –le pregunté.

–Sí, tenía el cartel de Iglesia Adventista –me respondió.

–Bueno, ¡qué pena, realmente! Lamento que haya pasado así. Pero, por favor, no te des por vencido –atiné a decir.

–No, claro, está bien. Pero después de esto, sinceramente no creo que tenga ganas de ir por mucho tiempo –se disculpó.

¿Acaso mi oración no había servido de nada? ¿Acaso ese culto antes de conocerlo había sido vacío? ¿Acaso el Espíritu Santo no había estado trabajando en su corazón y en el mío? Creo que la respuesta a las tres preguntas es un “no”.

Pero ¿qué decir ante esto? Podríamos echarle la culpa a la inseguridad que nos tiene llenos de recelo ante lo desconocido; y no estaría mal. Podríamos justificarnos, y decir que tenemos que ir a la iglesia para encontrarnos con Dios, más allá de lo que mire, piense y diga la gente, y sería cierto. Alguno quizá ya quiera averiguar de qué congregación se trataba, con interés sincero. Pero ¿y si hay más que eso?

UN CAMBIO NECESARIO

Después de lo que pasó en 2020, encontramos nuevas definiciones para la palabra inseguridad. Ir a la iglesia dejó de ser una opción, y mantener las puertas cerradas se volvió una obligación. Hay más que eso en nuestra identidad.

Y al final, en medio de tanto aislamiento, fue visible una vez más que las relaciones con nuestro prójimo no necesariamente pasan por ese encuentro presencial el sábado de mañana. Tampoco lo hace nuestra relación con Dios. Sin embargo, de esas dos relaciones depende todo. Ahí es que se prueba y demuestra quiénes somos en realidad.

Este año que comienza, además de un número en el calendario, algo tiene que cambiar. Se trata de un cambio que Dios quiere hacer; uno que solo él puede hacer, pero que solo nosotros podemos permitirle realizar y que afectará todo lo demás. Es este:

“Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes. […] Y ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Eze. 36:26-28, NVI).

Este encuentro con él, este cambio que él quiere hacer, es el verdadero comienzo de nuestra religión. Es el momento cuando en la Tierra podemos percibir el latido del Cielo.

En los versículos anteriores, Ezequiel escribe que Dios haría este cambio por causa de su santo nombre, el cual habían profanado (vers. 23). ¿Quiénes lo habían profanado? No habían sido los paganos; su propio pueblo lo había hecho. Su nombre debía volver a ser santificado. Su imagen debía ser mostrada correctamente otra vez. Debía haber nuevos corazones, nuevo espíritu, nuevo dominio y pertenencia. Lo mismo debe haber para nosotros hoy.

No se trata del tatuaje ni de la persona que cerró la puerta de la iglesia. Todos hemos estado de ambos lados. Todos nos hemos sentido observados y todos hemos observado.

Pero hoy, al comenzar un nuevo año, Dios nos recuerda que, a menos que le abramos la puerta a él y nos despojemos de nosotros mismos, no tendremos verdadera comunión, no podremos cumplir verdaderamente su Ley y no podremos mostrar verdaderamente su amor.

Sí, ese amor que traspasa puertas, techos, cuarentenas y pandemias. Ese amor que nos mantuvo firmes cuando toda la contención habitual había desaparecido. Ese amor que nos mantuvo unidos como hermanos y nos hizo compartir apoyo y esperanza en medio de todo (quizás, incluso, más que antes). Ese amor que siguió llamando a la puerta del corazón de este joven, que sigue creyendo a pesar de esa mala primera impresión, y que hace unos pocos días me contó que ha decidido probar una vez más y abrirle la puerta a Dios.

No se trata de recetas mágicas o resoluciones de Año Nuevo comprobadas. Unos seguirán haciendo su culto a las 5 am, a la luz de un velador; otros, a las 22, antes de dormir. Algunos leerán la lección de la Escuela Sabática, una lectura devocional, la Biblia o un libro de Elena de White. Otros escucharán un audiolibro, abrirán aplicaciones cristianas en su celular y meditarán sobre la letra de una canción. Algunos saldrán a caminar temprano y orarán en voz alta acompañados por el rocío. Otros reunirán a su familia alrededor de una mesa al terminar el día. Somos muy diferentes; y, a la vez, muy parecidos. Pero, en medio de nuestras diferencias, habilidades, preferencias y afinidades, Dios nos hace uno en él.

UN CORAZÓN CERO KILÓMETRO

Todos extrañamos a alguien, pasamos por pruebas, por problemas laborales, familiares y personales. Todos comenzamos el día con una página en blanco y terminamos con una llena de borrones, espacios, tachaduras y, quizás, algo de tinta corrida por las lágrimas. Pero el mismo Dios que caminó con Adán y Eva, con Enoc, con los patriarcas y los profetas, con los discípulos y los mártires, con los reformadores y los pioneros, es el mismo Dios que quiere caminar con nosotros hoy.

¿Y si nos proponemos comenzar este año con un corazón “cero kilómetro”? ¿Y si nos proponemos que este sea el año más misionero de nuestra vida? ¿Y si esa es nuestra gran resolución? ¿Y si nos proponemos tener un compañero de oración y también un buen amigo fuera de la iglesia, para mantener viva la misión?

Nuestra vida devocional es una decisión. Pero no olvidemos que es una decisión que nace en primer lugar en el corazón de Dios. No es una tarea que tenemos que emprender con nuestros propios esfuerzos, como cumpliendo una disciplina limitada a las páginas indicadas por el Reavivados por su Palabra para ese día (por más provecho que les podamos sacar y bendición que haya traído a la iglesia en el ámbito mundial).

La vida devocional es el mayor regalo que Dios nos otorga, junto a la salvación, y no se trata solo de lectura y oración; que, por supuesto, serán la base. Realmente tiene que haber una relación; una relación que se alimente durante todo el día al lavar la ropa, al conducir al trabajo, al hacer la fila en el banco y en el supermercado, al encontrarnos con la persona en situación de calle, con el enfermo, con el enemigo, con el mecánico y con el intendente.

Esta vida devocional nos da el regalo de una amistad con el Señor (Juan 15:14, 15), de una permanencia (vers. 4), de una vida fructífera (vers. 5) y gozosa (vers. 11). Él nos eligió (vers. 16). La decisión y la iniciativa son de Dios. Él es quien produce en nosotros el querer como el hacer (Fil. 2:13). A nosotros nos queda responder. ¿Cómo? Siendo, antes que haciendo. En relación, antes que en acción. Él es amor; de ahí surge la acción. Luego, actuamos como él, con y por amor. Amándonos los unos a los otros, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19).

CÓMO CRECER EN NUESTRA VIDA DEVOCIONAL

Un buen ejercicio para comenzar este año en comunión, entonces, puede ser enviar un mensaje a algunos de los hermanos de iglesia con los que hace mucho que no hablamos, tener una conversación sincera con aquel hermano con el que estamos en desacuerdo en la Junta, pedir perdón a aquella persona que miramos mal, llamar a nuestro pastor para orar por él y ponernos a disposición para trabajar juntos este año, informarnos bien sobre los diferentes ministerios que hay en la iglesia y ver en cuáles podemos ayudar.

Algo quizás un poco más desafiante, que puede requerir más tiempo e innovación, será orar, leer y reflexionar para descubrir cuál es el verdadero llamado que Dios tiene este año para cada uno de nosotros. Puede llevarnos todo el año descubrirlo, pero preguntémoselo. Quizá sea algo diferente de lo que venimos haciendo. Quizá sea algo no relacionado con nuestra profesión. Quizá nos lleve a incursionar en el trato con otros grupos etarios. Lo que David nos motiva a decir con confianza es: “El Señor cumplirá en mí su propósito” (Sal. 138:8, NVI).

Hay citas que son sumamente conocidas, no por casualidad. “Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer trabajo. Sea tu oración: ‘¡Tómame, oh Señor, como enteramente tuyo! Pongo todos mis planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo, y sea toda mi obra hecha en ti’ ” (Elena de White, El camino a Cristo, p. 60). ¡Qué hermosa oración tenemos de ejemplo! ¿Cómo podemos hacerla más personal?

Recuerdo que un año tomé la decisión de no tomar mi celular hasta no haberme “consagrado”. Es fácil distraerse con las luces y las notificaciones de las diferentes aplicaciones. Además de poner un himno como alarma, me aseguraba de no revisar el celular hasta no haber orado y leído algo de la Biblia.

La mañana de mi cumpleaños vi que tenía la lucecita roja encendida que indicaba que habían llegado mensajes. Imaginé que eran saludos tempranos para felicitarme, pero mantuve mi “primer trabajo” en su lugar y oré para que ese día, en el Club de Conquistadores, pudiera predicar y transmitir el amor de Dios a los chicos. Oré para que todo el año me mantuviera firme, tomada de su mano, sin importar lo que pasara.

Antes de salir de casa, abrí la carpeta de mensajes y me encontré con la noticia de que una de mis mejores amigas había fallecido. El dolor era inmenso. Y lo primero que pensé fue que estaba agradecida por haber pasado esos primeros minutos con Dios, esos minutos que me dieron las fuerzas para cumplir con el propósito de ese día y para no flaquear a pesar de mis cuestionamientos.

No podemos darnos el lujo de hacerle frente a nuestro día sin las fuerzas que provienen solo de Dios. Antes de prestar atención a la luz de nuestro celular, abramos la Biblia; la verdadera lumbrera de nuestro camino (Sal. 119:105).

18 RAZONES

Esta no pretende ser una guía acabada. Las opciones son múltiples, pero comparto contigo algunas ideas que he probado y disfrutado a la hora de hacer el culto e intentar que la comunión con Dios se mantenga a lo largo del día:

1-Puedes hacer el año bíblico acompañado de la serie de “El Gran Conflicto”, de Elena de White, y espaciarte con la imaginación en las historias que quizás hayas leído tantas veces pero que pueden traer nuevas reflexiones. Un ejercicio provechoso consiste en pensar cuál era la realidad de cada personaje, cómo podía estar sintiéndose, qué hubiésemos hecho en su lugar, con qué aspectos nos identificamos y cómo estaríamos involucrados en esa historia, etc.

2-Puedes comenzar un diario en el que anotes esos pensamientos que surjan a partir de la lectura. Está comprobado que usamos muchísimas más neuronas al escribir a mano, y ese diario puede servir como un registro de tu año al que puedes volver siempre para refrescar tu aprendizaje y la compañía de Dios. Hoy quizá no erijamos altares como en la Biblia, pero un diario así puede quedar como un recordatorio de nuestra relación con Dios y nuestra adoración a él. Luego puedes ponerlo a disposición de tu familia o compartir estas ideas en tus redes sociales.

3-Puedes seleccionar temas específicos para estudiar, que sean de tu interés. Con la ayuda de concordancias y comentarios bíblicos, es mucho más fácil encontrar algunos términos y profundizar en ellos. Una amiga es apasionada por las genealogías, y al estudiarlas y elaborar los árboles genealógicos, descubrió muchos detalles interesantes que a veces pasamos por alto en la lectura más general. Puedes hacer lo mismo con las ciudades, con grupos específicos de personas (por ej.: todos los niños mencionados en la Biblia, todas las abuelas, etc).

4-Puedes elegir diferentes colores para subrayar. Un año, por ejemplo, me dediqué a anotar y subrayar cada una de las preguntas que Dios hace. Había material más que suficiente para meditar un año entero en una pregunta por día.

5-Puedes acordar con un amigo leer un capítulo de algún libro cada día (por ejemplo, Proverbios, que tiene 31 capítulos) y compartir el versículo que más le haya gustado a cada uno. Con una amiga lo hicimos, y nos resultó muy útil. Usamos diferentes versiones, y eso le dio una perspectiva adicional. Es una buena forma de dar uso a los mensajes de texto, y es algo que podemos hacer en cualquier lugar y momento del día.

6-Puedes configurar diferentes alarmas para orar por motivos específicos.

7-Puedes elegir tres himnos que hablen sobre el cielo, sobre el perdón, sobre el Espíritu Santo, por ejemplo, y escucharlos en diferentes momentos del día. Cantar será un ejercicio muy saludable que fortalecerá tu espíritu, grabará los mensajes en tu memoria de forma más indeleble y ahuyentará el desánimo, ¡sin importar que suene desafinado!

8-Puedes escoger uno o dos objetos que tengas a tu alcance y meditar sobre ellos durante el día, para ver qué lección puedes extraer de sus funciones y cómo podrías aplicarlas en un plano espiritual. Después de todo, aún podemos usar parábolas modernas para entender mejor el Reino de los cielos.

9-Puedes tomarte diez minutos para pasar un rato en la naturaleza sin ninguna distracción. Puedes observar detenidamente el vuelo de algún pájaro, el sol poniente, el recorrido de las hormigas, o lo que sea que veas a tu alrededor. El libro de la naturaleza tiene muchísimo para enseñarnos hoy, a pesar de su deterioro. Tu mente se recreará, y el Creador, que se deleita en comunicarse con nosotros, tendrá una oportunidad de hablar claramente a tu corazón por medio de esas lecciones y principios que instituyó desde el origen del mundo.

10-Puedes separar un poco de dinero al comenzar cada mes y destinarlo a comprar al menos un par de libros misioneros para regalar, o dejar tarjetitas con versículos o mensajes de ánimo en lugares aleatorios. Por ejemplo: en el asiento del tren, del subterráneo o del autobús; en el buzón de alguna casa que quede en el trayecto a tu trabajo; en las manos del taxista; debajo del azucarero, como una propina para el mozo; y tantas formas más. Puedes esparcir ánimo desinteresada y anónimamente.

11-Puedes pensar en, al menos, una persona a quien agradecer ese día por algo que quizá pase desapercibido o que se dé por sentado. La gratitud refuerza la sensación de humildad y de servicio. Nos coloca en posición de igualdad con otros seres humanos y nos hace más conscientes de lo bendecidos que somos con lo mucho o poco que tenemos. De alguna forma, esto trae más equilibrio.

12-Puedes hacer una lista, al comenzar la semana, de siete valores que quieres trabajar y planificar, para enfatizar uno cada día. Puedes leer historias sobre esto, ponerlo en práctica con las personas que conoces y proponerte contagiárselo también.

13-Puedes leer un capítulo de El Deseado de todas las gentes cada día (un libro maravilloso con descripciones vívidas) y buscar imitar conscientemente el rasgo de Jesús que más se resalte en esa historia.

14-Puedes informarle a algún empleado público que estás orando por él, y agradecerle específicamente por su trabajo. Probablemente no lo esperará, y valorará el gesto más de lo que imaginas. Quizá se abrirá la puerta a un diálogo más profundo después.

15-Puedes preguntarle a tu pastor y a otros miembros de tu iglesia o congregación cómo conocieron a Dios o cómo fue su llamado. Hay veces que pasamos años al lado de las mismas personas y nos perdemos testimonios poderosísimos que nos servirían de mucha inspiración, que nos unirían en la fe y que nos proporcionarían más temas de conversación o puntos en común que a veces desconocemos.

16-Puedes llenar algunos espacios “vacíos” de tu día escuchando algún sermón, podcast o audiolibro de tu elección, y seleccionar alguna de las frases clave para compartir en tus estados, en un tuit o en un mensaje a un grupo de tu familia, por ejemplo.

17-Puedes hacer una lista mental de personas a las que puedes acercarte para hacerles un bien, así como se acercaba Jesús. Esta decisión deliberada puede convertirse en un hábito casi inconsciente.

18-Puedes adoptar la resolución de no concentrarte en las características físicas de alguien, ni en tener preconceptos. Mira a todos a los ojos y reafirma en esa mirada el valor de cada persona, que es preciosa a los ojos de Dios.

MARCAS DE NUESTRO ENCUENTRO CON DIOS

Hay tantas oportunidades de hacer el bien como hay minutos en un día (Gál. 2:9, 10). Estar en sintonía con el Cielo de esta manera fortalecerá y también suavizará todas nuestras relaciones.

Quizá no tengamos tatuajes, pero, cuando los demás nos ven, ¿pueden ver una “cicatriz” como la que le quedó a Jacob después de su lucha con Dios?

No importa si estamos en la iglesia hace cincuenta días o hace cincuenta años. Esta lucha debería ser diaria. Así como la cojera de Jacob se convirtió en el andar de Israel, señal de un encuentro ineludible e inolvidable con el Ángel de Jehová, con el Libertador, nosotros podemos “ostentar” la marca de nuestro encuentro con él, de esta cirugía a corazón abierto, de este trasplante celestial.

Las cicatrices en las manos de Jesús nos recuerdan que las grandes batallas por amor dejan marcas visibles de lo que a veces parece invisible.

Pidámosle a Dios un nuevo corazón. Y, que así como el corazón no cesa de bombear sangre, nuestra permanencia en Jesús no deje de bombear vida a nuestras ramas, nos haga llevar fruto, nos haga anunciar con voz perseverante un destino, nos transforme encanales de bendición y nos haga dejar huellas.

Sí, de esas huellas que dejan los hijos que, como Enoc, caminan con Dios. RA

CAROLINA RAMOS, estudiante de profesorado de Música y profesorado y traductorado de Inglés en la Universidad Adventista del Plata. Es autora de Hoy camino con Dios, el libro de lecturas devocionales para jóvenes de este año.

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