Un mundo de cambios implica nuevos desafíos.

En este año de pandemia, muchos padres han tenido que participar de una manera más activa en la educación de sus hijos. Al estar más involucrados en este proceso, es posible que varios se hayan replanteado la relevancia de ciertos aprendizajes, su rol como educadores y lo que sus hijos necesitarán para desenvolverse en el futuro.

Todo cambia a un ritmo acelerado, sin que podamos predecir con certeza los aprendizajes que serán relevantes mañana. La robotización del trabajo y la desaparición de muchos oficios, entre otras cosas, proponen un futuro distinto respecto del que hemos conocido.

Por eso, la pregunta: “¿Qué vale la pena aprender hoy?” es un tema ampliamente debatido por educadores, académicos, políticos y empresarios. Melina Furman, autora del libro Guía para criar hijos curiosos, plantea que existen ciertos consensos entre los especialistas de todo el mundo sobre la importancia de formar algunas capacidades que generen una plataforma para el pensamiento y la acción. Estos aprendizajes implican ir más allá de la reproducción de un conocimiento fáctico, declarativo o enciclopédico. La autora ofrece un marco general útil que agrupa este abanico de capacidades importantes: 

Aprender a comprender: Implica captar en profundidad las grandes ideas de los distintos campos del quehacer humano, construyendo marcos conceptuales, que les den sentido y hagan posible aplicar el conocimiento y disfrutarlo.

Aprender a pensar: Implica desarrollar estrategias de pensamiento crítico y creativo para la resolución de problemas, la investigación y la posibilidad de considerar distintas perspectivas.

Aprender a aprender: Hacer conscientes los propios procesos de aprendizaje, aprender a potenciar las propias fortalezas y la autonomía como aprendices; ser “dueños” de nuestro propio proceso cognitivo.

Aprender a vivir con uno mismo y con otros: Implica desarrollar nuestras capacidades socioemocionales, como la autoconfianza, la capacidad de atención y escucha, la persistencia, la empatía, la capacidad de colaborar con otros y la de interpretar y expresar nuestros deseos e intereses, entre muchas otras cosas. De los cuatro, puede que este sea el más importante, porque sostiene a todos los demás.

Como adventistas, podemos coincidir en buena medida con esta mirada en relación con el aprendizaje. Hace más de cien años, Elena de White escribió: “Cada ser humano, creado a la imagen de Dios, está dotado de una facultad semejante a la del Creador: la individualidad, la facultad de pensar y hacer. Los hombres en quienes se desarrolla esta facultad son los que llevan responsabilidades, los que dirigen empresas, los que influyen sobre el carácter. La obra de la verdadera educación consiste en desarrollar esta facultad, en educar a los jóvenes para que sean pensadores, y no meros reflectores de los pensamientos de otros hombres” (La educación, p. 17). 

Por otra parte, nuestra mirada de la educación añade una dimensión aún más trascendente. Es decir, como padres no solamente deseamos preparar lo mejor posible a nuestros hijos para que sean exitosos en la sociedad del mañana, sino además deseamos prepararlos como ciudadanos del Reino de los cielos. Elena de White también comenta que “la verdadera educación significa más que la prosecución de un determinado curso de estudios. Significa más que una preparación para la vida actual […]. Prepara al estudiante para el gozo de servir en este mundo, y para un gozo superior proporcionado por un servicio más amplio en el mundo venidero” (ibíd., p. 13). En este desafío, “los padres necesitan a cada paso una sabiduría más que humana con el fin de comprender cómo educar mejor a sus hijos para una vida útil y feliz aquí, y para un servicio más elevado y un mayor gozo en el más allá” (Conducción del niño, p. 21). 

Al pensar en la complejidad de la noble misión que tenemos como padres, al educar a nuestros hijos, es inevitable mencionar que esta tarea requiere una entrega completa a Dios, dedicación y el compromiso de todo el contexto que rodea al niño o al joven. Un compromiso que debe asumir en primer lugar la familia, y que podrá contar con el apoyo de la escuela, la iglesia, las actividades extraescolares, entre otros, sin que ninguna de ellas reemplace el rol clave de la familia.

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