“El gran dragón, la serpiente antigua que se llama diablo y Satanás… fue arrojado a la tierra” (Apoc. 12:9). 

Los idiomas se parecen a los organismos vivientes. Ambos nacen, crecen, se reproducen (dando a luz dialectos) y mueren (he allí las “lenguas muertas”). Los organismos constan de células, y estas, a su vez, de ADN, ese reservorio de información genética replicable y transmisible que, susceptible de recombinaciones incontables, es responsable (junto con el ambiente) de que no existan dos seres exactamente iguales.

Por su parte, las lenguas están hechas de palabras; y estas, de letras. Las palabras son “células” muy versátiles y dotadas de gran “biodiversidad”. Piensa, por ejemplo, en el vocablo “raíz”: con él se designa la sección subterránea de un organismo vegetal, una operación matemática o la parte más importante de algo. 

Esto es especialmente cierto en el caso de las palabras que constituyen el “tejido” o género literario simbólico de la “especie” apocalíptica, de la cual el último libro de la Biblia es el “espécimen” más representativo, seguido de cerca por su congénere y ancestro Daniel, en el Antiguo Testamento.

En Apocalipsis, la biodiversidad o polivalencia de algunas de sus expresiones, imágenes y símbolos hace que muestre distintas facetas de significado o evoque distintos episodios de la historia bíblica, dependiendo del contexto en que Juan las utiliza. 

Algo así como lo que ocurre con el agua, que puede presentarse como un sólido, un líquido o un gas en diferentes situaciones. Como en el caso de una figura geométrica tridimensional o de la pintura tornasolada, el matiz o la forma que vemos depende de dónde estamos situados, del ángulo desde el que observamos. 

Un ejemplo de ello es la palabra griega ge, que aparece decenas de veces en el Apocalipsis1 en distintos contextos y con matices de significado tan diversos como: “tierra (el mundo o planeta)”, “suelo”, “territorio, país o región”, “realidad o estado de cosas”, “el pueblo de Dios”, “hostilidad humana de inspiración diabólica contra Dios y sus testigos fieles”, “alcance universal o abarcador de algo (generalmente junto con ‘mar’)”, etc.

Esa diversidad referencial explica que Juan pueda cambiar de un matiz a otro de la misma palabra incluso dentro de una unidad textual breve. Algo así como cuando en castellano se dice: “Perdió su casa [= vivienda] en la apuesta cuando el crupier dijo: ‘la casa [= casino] gana por medio punto’. En su casa [= familia], esto se supo mucho después”.

Esta polivalencia semántica o de significado no es exclusiva de Juan ni del Apocalipsis, sino que aparece por doquier en el Nuevo Testamento (como en Juan 17). Es precisamente esa “biodiversidad” de sentido la que explica que la “tierra” auxilie a los fieles (simbolizados por una mujer virtuosa) perseguidos en Apocalipsis 12:16 pero les sea hostil en otros lugares del Apocalipsis (como en 13:11).

Se trata ciertamente de la misma palabra, pero usada con un sentido diferente en cada caso.

La polivalencia alusiva inherente a la palabra “tierra” es precisamente lo que permite y explica ese uso diverso por parte de Juan. 

Así, mientras que ge (tierra) aparece cinco veces en Apocalipsis 12, significa diferentes cosas en el capítulo. En los versículos 9 y 13 designa claramente al mundo en general como el ámbito humano al que la actividad del dragón quedó restringida tras su expulsión del cielo (Isa. 14:12; Luc. 10:18; 2 Ped. 2:4; Apoc. 9:1, 11). 

Nótese que en ambos casos el dragón es el objeto de la acción divina y se usa el verbo “arrojar” en voz pasiva (“fue arrojado”). El sentido de “tierra” es, en estos versículos, puramente cosmográfico y carente de cualquier connotación positiva o negativa.

En Apocalipsis 12:4, la tierra es también el blanco de la acción, pero esta vez el sujeto (quien arroja o expulsa) no es Dios sino el dragón, y el objeto de la acción de arrojar no es el dragón sino “una tercera parte de las estrellas del cielo” como probable alusión a la derrota parcial y temporal del pueblo fiel de Dios, además de las víctimas angélicas de sus engaños. La tierra parece estar funcionando aquí, pues, como una figura de lenguaje vinculada con la derrota.2

A diferencia de ello, la misma palabra alude en el versículo 16 a la liberación divina de Israel en el desierto tras el Éxodo, además de todo otro escenario o circunstancia histórica futuros en que Dios habría de proteger nuevamente a su pueblo de los ataques del dragón.

En contraste con los versículos 4, 9 y 13, ge no representa, en este caso, el blanco pasivo de una acción, ya sea de parte de Dios o del dragón, literalmente o como parte de una figura de lenguaje, sino el ámbito simbólico que ayuda a la mujer. 

Finalmente, ¿cómo funciona ge en Apocalipsis 12:12? Allí no es el blanco ni el sujeto de una acción realizada por alguien, sino parte de un lamento semejante a los que los profetas del Antiguo Testamento dirigían de parte de Dios a los destinatarios de la visitación disciplinaria divina, mayormente aquellos de entre su pueblo que estaban en bancarrota moral y espiritual. 

En este sentido, la exclamación “¡Ay!” es frecuente tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, como introducción de un solemne anuncio de juicio divino. Por ejemplo, dicha expresión aparece 67 veces en la más antigua versión griega del AT, conocida como Septuaginta, de las cuales solo unas pocas introducen anuncios de la acción divina contra algunos enemigos tradicionales de Israel o contra las naciones paganas que se excedían en su rol correctivo permitido por Dios en beneficio de su descarriado pueblo dentro de la dinámica del Pacto. En la mayoría de los textos que contienen dicha exclamación, esta se aplica en cambio al elemento apóstata dentro del pueblo mismo de Dios.

Los componentes de la expresión “ay de los moradores de la tierra y del mar” (con la palabra “moradores” tácita o sobreentendida en el caso del mar en vista de la primera parte de la fórmula [Apoc. 12:12; 8:13]) cuentan con antecedentes en el Antiguo Testamento como designación de los habitantes paganos de Canaán antes de la conquista hebrea3 y, más tarde, de aquellos de entre el pueblo de Dios que se corrompieron con la idolatría.4

En resumen, la múltiple reserva de sentido alusivo y simbólico de numerosas palabras del Apocalipsis5 es en sí una salvaguarda y una advertencia contra la tentación de todo literalismo infundado que pretenda eludir a su autor inspirado y al contexto en cada caso como árbitros finales e inapelables acerca de su significado.


Referencias:

1. Apoc. 1:5, 7; 3:10; 5:3, 6, 10, 13; 6:4, 8, 10, 13, 15; 7:1, 2, 3; 8:5, 7, 13; 9:1, 3, 4; 10:2, 5, 6, 8; 11:4, 6, 10, 18; 12:4, 9, 12, 13, 16; 13:3, 8, 11, 12, 13, 14; 14:3, 6, 7, 15, 16, 18, 19; 16:1, 2, 18; 17:2, 5, 8, 18; 18:1, 3, 9, 11, 23, 24; 19:2, 19; 20:8, 9, 11; 21:1, 24.

2. Como la expresión idiomática “morder el polvo” (Isa. 14:12-15). En Apocalipsis 12:4, se permite al dragón hacer que el pueblo de Dios “muerda el polvo” temporariamente (Dan. 8:10-12).

3. 1 Crón. 22:18; 2 Crón. 20:7; Sof. 2:5; Sal. 96:11 podrían ser otro precedente, aunque inverso, de esa lamentación o endecha dirigida a la tierra y al mar. 

4. Jer. 10:18; Eze. 7:7 (LXX 7:4); 1 Enoc 97:7. Acerca del mar y la tierra como figuras literarias para referirse a los habitantes del Mediterráneo oriental, tanto paganos como israelitas, véase Hugo A. Cotro, Up from Sea and Earth: Revelation 13:1 and 11 in Context. Tesis doctoral, Andrews University, 2015, capítulo 4, sección “Woe to the Sea”, pp. 251-253.

5. Mar (thalassa), prostituta (porne), ascender (anabaino), fornicar (porneuo), etc.

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