Consejos prácticos para que nuestra relación con ellos sea fructífera y duradera. 

En estos últimos meses, diversas investigaciones y medios de comunicación han advertido que los adolescentes podrían ser uno de los grupos etarios más susceptible a los efectos negativos ocasionados por la pandemia. Como familias cristianas, no deberíamos estar ajenos a esta preocupación. 

La adolescencia es un momento de la vida en el que suceden numerosos cambios en diferentes áreas. El vínculo con los padres no está exento de ellos. Más allá de que lo pueden negar, los adolescentes necesitan mucho de sus padres. Así, la relación debe ser reconfigurada y adaptada. El equilibrio que todo padre necesita entender para relacionarse con sus hijos adolescentes está claramente expresado en la Biblia del siguiente modo: “Y vosotros padres, no irritéis a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efe. 6:4). Desarrollaremos dos ideas centrales de este consejo inspirado:

1. La recomendación de no “irritar” a los hijos es principalmente válida y oportuna cuando se trata de hijos adolescentes, ya que hay varias cosas que pueden irritarlos: la falta de armonía matrimonial (que puede provocar en ellos un estado de inseguridad); la inconsistencia por parte de los padres en relación con los valores y las creencias que profesan; comparaciones y favoritismos; falta de tiempo para ellos y falta de respeto a su privacidad.

2. En cuanto a la “disciplina” y la “amonestación”, hay mucho para decir. Nos limitaremos a cuatro consejos:

Presencia y acompañamiento. Los adolescentes necesitan adultos que se muestren disponibles, que puedan comprenderlos, adentrarse en su mundo y, desde un lugar de confianza, empatía y comprensión, ofrezcan su guía, amor incondicional y límites necesarios. Esta cercanía marcará grandes diferencias al momento de “disciplinarlos y amonestarlos”.

Ayudarlos a ordenarse de manera sutil, no imperativa. Establecer de manera conjunta los límites y las posibles consecuencias permite asegurarnos de que han comprendido lo que se espera de ellos.  A diferencia de aquellos  que les son impuestos, al ser consensuados, el compromiso hacia este tipo de límites será mayor. Los límites son importantes y necesarios. Por más que el adolescente pueda en algún momento enojarse, estos los ayudan a organizarse y son una clara muestra de amor hacia ellos.

Respetar la libertad de los hijos. Los padres deben seguir el ejemplo del Señor. Tal como Dios nos deja en libertad para tomar nuestras propias decisiones, incluso cuando estas puedan causarnos daño o mal, los padres deben evitar imponer sus ideas y controlar de manera absoluta todas las decisiones de sus hijos. El adolescente está tratando de forjar su propia identidad, y se encuentra en un punto en que necesita hacer sus propias elecciones. Por ello, es necesario generar en el hogar un clima de aceptación y confianza para que el adolescente pueda expresar su disenso, su enojo o su tristeza, si necesita hacerlo. También aceptar el error como parte de este proceso de crecimiento, con una mirada paciente y compasiva. 

Ser ejemplo en disciplina: “Como gobernantes unidos del reino del hogar, sientan el padre y la madre bondad y cortesía el uno hacia el otro. Deben conservar la pureza del corazón y la vida si quieren que sus hijos sean puros. Deben educar y disciplinar el yo, si quieren que sus hijos se sometan a la disciplina. Deben dar a sus hijos un ejemplo digno de imitación” (Elena de White, La educación cristiana, pp. 146, 147). 

Conectar con un hijo en esta etapa de numerosos cambios no es una tarea fácil, nunca lo ha sido y, como en todas las etapas de la crianza, requiere mucho de nuestra parte como padres. Dios nos asegura las fuerzas (Isa. 41:10) y la sabiduría (Sant. 1:5) necesarias.

Responder a Comentario

Tu correo electrónico no sera publicado.