Una gran guerra, un gran seductor y una gran certeza. 

En los últimos años he dedicado más tiempo a estudiar y predicar sobre el libro de Apocalipsis, con énfasis en el capítulo 12. El mensaje de esta porción de la Biblia revela que estamos en guerra. Este gran conflicto está descrito en cuatro escenas: 1-El comienzo de la guerra en el cielo (Apoc. 12:7-9); 2-La guerra contra Cristo, desde su nacimiento (Apoc. 12:13); 3-La guerra contra la iglesia cristiana (Apoc. 12:14); y 4-Guerra contra el remanente de Dios (Apoc. 12:17).

Apocalipsis 12 nos recuerda que, en estos últimos días, no estamos de vacaciones ni de pícnic. Mucho menos en un parque de diversiones. ¡Estamos en guerra! Esto explica por qué tantas tragedias, escándalos, pandemias y otras crisis han sacudido a la iglesia y al mundo. Peor aún es saber que no estamos luchando contra un enemigo declarado, sino ante un gran seductor. Él no se presenta con su verdadera identidad, ni muestra el daño que produce el pecado; pero se revela de una manera tan atractiva, convincente e inteligente que pocos pueden identificar sus errores. Por eso, ¡precaución! Si no estudiamos la Biblia de manera consistente, seremos engañados por una verdad aparente. Y una verdad aparente es una mentira.

Una encuesta realizada en 557 iglesias estadounidenses entre 2004 y 2010 nos revela una perspectiva de esto. Las conclusiones de esta investigación son presentadas por Thom Rainer en el libro I am a Church Member: Discovering the Attitude that Makes the Difference [Soy un miembro de iglesia: descubriendo la actitud que marca la diferencia]. Según él, “nueve de cada diez iglesias en los Estados Unidos están en declive”. Pero la situación es más grave ya que dos tercios de los nacidos antes de 1946 son cristianos, pero solo el 15 % de los llamados “millennials” (nacidos en las décadas de 1980 y de 1990) lo son. Su conclusión es dramática: “Prácticamente perdimos a esta generación”.

Al analizar las razones de esta gran merma en una creencia religiosa, Rainer plantea algunas preocupaciones. Declara: “Podemos culpar a la cultura secular, y a menudo lo hacemos. Podemos culpar a la política de nuestra nación, ya que no se basa en Dios. Podemos culpar a las mismas iglesias, a los miembros hipócritas, y a los pastores indiferentes y desatentos. Sí. Muchos cristianos están (o estamos) haciendo esto. Pero propongo que nosotros, antes que nada, que nosotros (es decir, los miembros de la iglesia) nos miremos en el espejo”. 

Desde luego, esta introspección religiosa implica reconocer que “muchos miembros han perdido la comprensión bíblica de lo que significa ser parte del Cuerpo de Cristo. Nos convertimos en miembros de nuestras iglesias esperando que la gente nos sirva, nos alimente y nos cuide. No nos gustan los hipócritas de la iglesia, pero no logramos ver nuestras propias hipocresías”.

¡Cuidado! Es triste ver estos efectos de Satanás, el gran seductor. Él quita el enfoque en la Palabra de Dios y lo pone en la satisfacción personal. Eugene Peterson llega incluso a decir que esta seducción sustituye a la divina Trinidad por una “nueva trinidad contemporánea: mis santos sentimientos, mis santos deseos y mis santas necesidades”. Esto es, ni más ni menos, poner patas para arriba los principios bíblicos y los valores de nuestra fe.

¡Cuidado! No podemos enfrentar estas tendencias con discursos fogosos, argumentos convincentes, guerras ideológicas o cualquier otro recurso humano; sino con la Biblia. Nuestras voces deben retirarse para que el Señor se haga cargo y para que su voz sea escuchada. Como sugiere el pastor y escritor estadounidense Tim Keller, debemos dejar de preguntarnos “quién soy” y empezar a preguntarnos “de quién soy”.

¡Cuidado! En esta guerra no podemos dejar espacio para que el gran seductor continúe con el trabajo que comenzó cuando estaba en el cielo, tratando de interponer el egoísmo al control del cristianismo. Necesitamos resistir con firmeza y consagración, porque “solo los que hayan fortalecido su mente con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto” (Elena de White, El conflicto de los siglos, p. 651).

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