Sin duda, este mundo está en sus últimos estertores; un signo inequívoco de que no le queda mucho tiempo a nuestro planeta. Por un lado, todas las profecías de tiempo registradas en la Biblia se han cumplido, incluyendo la más larga, de 2.300 años, mencionada en Daniel 8:14. Cuando finalizó, el 22 de octubre de 1844, comenzó lo que el libro de Daniel menciona como “tiempo del fin”. También Cristo adelantó muchas de las señales que se evidencian en el mundo religioso, militar y político, además del ámbito social. Sí, su sermón profético de Mateo 24 pareciera ser una descripción exacta de los tiempos en que vivimos.

Sí, es que la mayoría de estas señales que vemos en los diferentes ámbitos (social, militar, religioso) no son “castigos” que Dios trae sobre el mundo, sino sencillamente una consecuencia terrible de transgredir los principios y las leyes divinos. El pecado ha trastocado de tal manera ese diseño original que el ser humano parece estar cavándose su propia fosa con su accionar. Y es que todavía no se han evidenciado totalmente las nefastas consecuencias de seguir los dictados del “príncipe de este mundo” (Juan 12:31), Satanás, el originador de la rebelión contra Dios. Sí, todavía falta para que el pecado “madure” de tal manera que no queden dudas de que ha sido el mayor error en la historia del Universo.

El pecado se manifestará de forma tal que a nadie le quedarán dudas de hacia dónde conduce: “De esta manera, la historia de este terrible experimento de rebelión iba a ser una perpetua salvaguardia para todos los seres santos, para prevenirlos de ser engañados acerca de la naturaleza de la transgresión, para salvarlos de cometer pecado y sufrir su penalidad” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 23).

Solo para poner un ejemplo de que todo lo malo que nos sucede en los tiempos del fin ha ocurrido gracias al accionar del ser humano. En primer lugar, el coronavirus, del que la COVID-19 es solo una cepa, con seguridad pasó de los animales a los seres humanos a través de las pésimas condiciones en que se cría al ganado para consumo humano en la actualidad. Aunque se debate qué animal funcionó como transmisor en el caso de la COVID-19, el coronavirus es mucho más antiguo, y pasó por los grandes establos de cría de ganado vacuno y ovino antes de llegar al ser humano. El diseño divino para la humanidad era que el hombre no se alimentara de ninguna clase de carne (ver Gén. 1-3); más allá de que después permitió ciertas carnes por causa de la introducción del pecado en el mundo.

Ahora, la pandemia, y su consecuente cuarentena casi mundial, trajo otro dato curioso: el cese de actividades industriales por causa de la cuarentena trajo un alivio a la Tierra, que casi dejó de registrar temblores. Sí, los sismógrafos registraron una caída sin precedentes de la actividad humana debido a la pandemia; es un fenómeno de escala inédita en la historia de la sismología. Así, se generó un “apagón sísmico”. La pandemia de coronavirus y el consecuente cierre de las economías produjeron una disminución sin precedentes del “ruido” sísmico que genera la actividad humana, según informó la revista Science. El diario La Nación (de Argentina) dio cuenta así de esta noticia en su edición on line del 24 de julio: “El informe publicado el jueves tiene una inusual cantidad de autores: 76 científicos de 27 países, desde Noruega hasta Nueva Zelanda. Y las mediciones de todos los instrumentos cuentan la misma historia: durante los primeros meses del año, mientras el virus arrasaba el planeta, la superficie estuvo callada y quieta. Maniatada por la pandemia, la actividad humana se desplomó cuando los países impusieron cuarentenas en sus economías y alentaron el distanciamiento social”. La explotación sin límites de la Tierra por parte del ser humano está hiriendo de muerte al ecosistema mundial. Solo cuando el ser humano se detiene, obligadamente, por un tiempo, podemos darnos cuenta de algunas de las terribles consecuencias de su accionar.

Sí, este “terrible experimento de rebelión” está dejando su profunda huella en la creación divina, en su diseño original para el ser humano y para el mundo natural. Y las cosas irán de mal en peor. Justo antes de que la influencia del mal llegue a su madurez, y tanto el ser humano como los seres no caídos puedan ser testigos de las terribles y catastróficas consecuencias del pecado, Cristo pondrá un punto final a este terrible experimento. Vendrá a buscar a los suyos, y entonces sí podrá crear un cielo nuevo y una nueva Tierra, donde “no habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor. Todas esas cosas ya no existirán más” (Apoc. 21:4, NTV).

Ese día se acerca. ¿Estás preparado? RA

Responder a Comentario

Tu correo electrónico no sera publicado.