“Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea […]. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: El Verbo de Dios” (Apoc. 19:11, 13).

El verbo es la palabra más importante en cualquier lenguaje. Es algo así como el hálito de vida de los idiomas. No importa cuántos adjetivos, adverbios, participios, gerundios, conjunciones, preposiciones y artículos aparezcan juntos, nunca constituirán una oración a menos que haya entre ellos también un verbo.

“Llueve” es una oración, a diferencia de: “Copiosamente toda la noche a la par de las incesantes descargas eléctricas iluminando sin cesar el firmamento”.

De allí que el integrante de la Deidad trina que trajo a la existencia todo lo creado sea representado en el cuarto Evangelio como “el Verbo” (Juan 1:1; Col. 1:15-17), uno de los significados de la palabra griega lógos. Esta palabra, que  justamente significa “palabra”, es una de las tantas traducciones posibles del término griego lógos, que significa además: verbo, discurso, tratado y ciencia.

Él es, además del Ejecutor de la Creación, la más acabada y plena expresión de quién y cómo es la Deidad (Juan 1:18; 14:9; 17:21, 23, 26), el único capaz de reivindicar ante el mundo el carácter divino, puesto en tela de juicio por un gran mentiroso y asesino al comienzo de la historia (Gén. 3:1, 4, 5; Juan 8:44; 1 Juan 3:8).

En vista de ello, no es sorpresa que los tres documentos inspirados más representativos de la pluma del apóstol Juan comiencen de manera semejante, presentando a Cristo como el Verbo o la Palabra (lógos) encarnada de Dios que vino a la Tierra para dar testimonio (gr. martyría) del carácter divino y para convertirse, a la vez, en la sustancia y la razón de ser del evangelio encomendado a la iglesia en favor de un mundo en tinieblas (Juan 1:1, 4, 7; 1 Juan 1; Apoc. 1:9). De paso, esta semejanza entre los tres escritos habla, sin duda, en favor de la autoría apostólica joanina del último libro del canon bíblico.

La expresión “la palabra de Dios” se refiere, pues, no solo al mensaje acerca de Jesucristo, sino a él mismo como esencia y propósito del evangelio (Apoc. 19:13; 1 Ped. 1:23; 2 Ped. 3:5). Como dijo alguien en cierta ocasión: “Cristo no vino al mundo para proclamar un mensaje, sino para ser el mensaje que debía ser proclamado”. Él era el contenido de la predicación de la iglesia apostólica (1 Cor. 1:23).

Así como nadie estuvo en mejores condiciones que el Hijo para dar a conocer al Padre, ningún ser humano estuvo mejor calificado para dar testimonio del Hijo que “el discípulo amado”, el más cercano a él durante su ministerio terrenal (1 Juan 1:1-4; Apoc. 1:1, 2).

Y, así como la experiencia personal e íntima con el Verbo movió y habilitó a Juan para dar testimonio de él por escrito y mediante su vida transformada, solo una vivencia tal puede hoy movilizar a los destinatarios del testimonio de Juan a la unidad, al amor y al gozo de origen sobrenatural capaces de convencer al mundo del amor redentor de Dios (Juan 3:16; 17:20-26). RA

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