El funcionamiento de nuestro organismo transcurre dentro de un ciclo controlado por la luz del día y la oscuridad de la noche. A esto se llama ciclo circadiano. Dentro de este ciclo, hay un orden que, al respetarlo, acompañamos a nuestro cuerpo facilitando los mecanismos de crecimiento, curación y protección; todos elementos que hablan de salud. Viéndolo desde el otro extremo, oponiéndonos a este ciclo natural, nos estamos ubicando en una situación en que nuestro cuerpo debe trabajar para resolver los cambios que nosotros mismos infligimos, reduciendo el potencial fisiológico para incrementar nuestra salud.

Al despertar en la mañana, todo nuestro cuerpo –el corazón, los músculos, el sistema nervioso, etc.– se prepara para enfrentar el día. Tiempo hubo para recuperar fuerzas, organizar lo que se alteró durante el día anterior, rearmar defensas durante el sueño. Ahora es momento de entrar en movimiento. Pero es necesario cargar combustible antes de salir al trabajo. Podemos avanzar y hacer las actividades de la mañana sin desayunar, pero eso significa gastar energía y recursos que no están dentro de lo programado en el organismo. Las actividades del día se van a poder realizar igual, pero estamos alterando un sistema que está organizado para funcionar con una precisión muy superior al reloj más perfecto que haya podido ser inventado por el hombre.

Tengo que aclarar que no es cualquier tipo de combustible el requerido para entrar en armonía con el equilibrio de nuestro cuerpo. Aunque la glucosa sea la fuente principal de energía, debe estar acompañada de aditivos y moderadores de su absorción, para que no nos encontremos con un exceso de glucosa en sangre, que dispare una serie de mecanismos que también alteran nuestra economía biológica.

Un desayuno compuesto por frutas, cereales integrales y oleaginosas contiene todo lo que necesita nuestro organismo para cumplir su función. Es decir, eligiendo esos alimentos, estamos acompañando a nuestro organismo en el proceso de la salud y el bienestar. Si desayunamos con panificados con harina refinada y azúcar, solamente estamos ingiriendo glucosa en estado puro.

Así como nuestro cuerpo se activa a la mañana dentro de un proceso planificado, al llegar las horas de la noche nos preparamos para el descanso. Nuestro metabolismo se modifica, moderando la actividad de los sistemas que no son necesarios en las horas del sueño. El sistema digestivo no es la excepción. Esto significa que si nos acostamos con el estómago vacío colaboramos con nuestro cuerpo y le ahorramos el trabajo de realizar todas las modificaciones necesarias para adaptarse a lo que nosotros le impusimos. Elena de White, inspirada por Dios, escribió sobre la importancia de hacer una cena liviana unas horas antes de acostarse.

Hay una frase que dice “Cada familia es un mundo”. Es cierto: cada una tiene su realidad. Puede ser que haya lectores que no tienen acceso a un desayuno saludable por el elevado costo de las frutas o porque sea difícil adquirir cereales integrales, y menos aún oleaginosas. Tal vez el horario de trabajo sea totalmente opuesto al horario ideal para nuestro organismo. O la cena sea el único momento en que podemos compartir algo como familia y se convierte en la comida principal del día.

Pienso en un grupo de pescadores que debía arrojar sus redes de noche porque en esas horas obtenían mejores resultados. Su cuerpo tenía que adaptarse a los cambios, a las imposiciones de la vida. El capítulo 21 del Evangelio de Juan narra que Jesús preparó un desayuno para esos pescadores. El Creador y Diseñador de este mecanismo tan perfecto dedicó su tiempo a cocinarles el desayuno. Pienso que fue un desayuno más que especial, no por su contenido en sí, sino por lo que habrá representado compartir juntos ese momento con el Creador.

Siendo que Cristo creó nuestro cuerpo tan perfecto, ¿qué podemos modificar en nuestro estilo de vida con el fin de que podamos ayudarlo en el proceso de la vida? Cada uno sabe dónde sí puede hacer cambios. Tal vez, en mejorar el desayuno, modificar algo del almuerzo o volver a salir a caminar, o tratar de acostarse más temprano.

Sin duda, este es un proceso de crecimiento en el que Dios nos invita a trabajar. Pero hay algo que no debemos perder nunca, por su gran valor: nuestro encuentro matinal con Jesús, la Fuente de vida. Pidámosle a Dios cada día más fuerzas para despertar y tomarnos un tiempo cada mañana en compañía de Cristo. RA

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