¿Qué hacer luego de la grave situación mundial producida por el coronavirus en nuestro núcleo familiar que, sin duda, fue o será afectado en varios aspectos?

En este último tiempo, la humanidad se ha visto sometida a una crisis inédita: enfermedad, muerte, encierro, soledad, crisis económica, desempleo, angustia e incertidumbre por el futuro… todo ocasionado por una pandemia de escala mundial sin precedentes. En medio de este contexto, la familia y la sociedad deberán lidiar con las heridas o las cicatrices que esta crisis dejará.

Los especialistas advierten sobre el fuerte impacto psicológico y social que ha generado esta pandemia y que podría llegar a durar meses o años. Esto se hace evidente por la alta prevalencia de síntomas asociados al trastorno por estrés agudo, la ansiedad, la depresión, e incluso el estrés postraumático. También vaticinan numerosas consecuencias en los ámbitos político, social y económico a las cuales tendrá que hacer frente cada nación.

¿Cómo afrontar las diversas problemáticas que resultarán de esta situación?

En primer lugar, es importante resaltar que, ante cualquier indicio de que nuestra salud física o emocional se haya visto afectada, debemos buscar ayuda profesional. Por otra parte, la familia siempre ha sido un factor protector. Más que nunca, debemos encontrar apoyo y contención en el contexto familiar. También podemos recurrir a la familia de la iglesia, la cual puede llegar a brindar un apoyo social sólido y velar por los miembros más vulnerables. Por último, y no menos importante, sabemos que contamos con Dios.

En relación con este último punto, las experiencias pasadas del pueblo de Israel pueden ayudarnos a fortalecer al menos dos convicciones que nos permitirán enfrentar los desafíos que tenemos por delante:

1. La seguridad de que Dios acompaña a sus hijos en medio de cualquier crisis. El más grande dilema que enfrenta el ser humano cuando atraviesa situaciones de extremo dolor es saber dónde está Dios. Aunque nos resulte difícil o imposible explicar cada cosa, es importante notar que en medio de cada conflicto Dios no es ajeno, ni mucho menos indiferente, al dolor humano. Todas las experiencias traumáticas y de crisis que vivió el pueblo de Dios en su historia han demostrado, de manera clara, que Dios siempre estuvo con su pueblo. Él los liberó y acompañó en el Éxodo (Éxo. 3:7, 8; 13:21, 22). Peregrinó con ellos en el desierto (Éxo. 40:36-38; Neh. 9:12). Tras la caída de Jerusalén, Dios también marchó al exilio con el remanente de su pueblo (Eze. 11:16) y a su tiempo regresó con ellos para restaurarlos en su tierra (Zac. 1:16; 2:10, 11). La evidencia más sublime del compromiso de Dios con el problema del dolor y el sufrimiento humano fue manifestada en la Cruz, donde el Hijo único de Dios cargó sobre sí el pecado, la enfermedad y el dolor de toda la humanidad (Isa. 53). En los momentos más difíciles y oscuros, Dios está a nuestro lado, aunque a veces resulte imperceptible.

2. Dios, por medio de su Palabra, nos ofrece una mirada esperanzadora del futuro. Es cierto que en el presente ninguna tribulación o prueba parece ser motivo de gozo (Heb. 12:11). Sin embargo, en medio de las crisis, Dios siempre compartió con su pueblo una perspectiva positiva del futuro, con el fin de infundir esperanza y confianza en sus promesas. Este fue un punto esencial de la predicación de los profetas en cada crisis nacional de antaño, quienes anunciaron el Día del Señor y la era venidera.

Hoy seguimos aguardando la bienaventurada esperanza (Tito 2:13) y el día cuando Dios finalmente enjugue cada lágrima de nuestros ojos, y no haya más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, y todas estas cosas queden atrás (Apoc. 21:4).

Al escribir estas líneas, desconocemos las experiencias que cada familia que nos lee habrá atravesado. Tampoco sabemos cuáles son los desafíos que aún deberán enfrentar.

Pero sí conocemos la Palabra de Dios y confiamos en la seguridad que ella nos brinda. Es nuestro sincero deseo que cada familia tenga la misma seguridad de que Dios estuvo y estará a su lado, y que puedan mantener la mirada en la esperanza que Dios nos da. RA

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