“Aquí está la perseverancia aguerrida de los que están consagrados a Dios, quienes viven en armonía con sus mandamientos y con la fe fiel de Jesús” (Apoc. 14:12; mi traducción).

¿Qué quiso decir Juan cuando escribió “la fe de Jesús”? ¿Se estaba refiriendo a las creencias distintivas de la fe religiosa del Maestro tal como se encuentran registradas en las Escrituras? ¿O a que los santos se distinguen porque tienen fe en Jesús? La primera opción parece a simple vista redundante en vista de la mención de los mandamientos de Dios en la primera parte del versículo. Por su parte, la segunda lectura carecería de sentido por innecesaria. ¿Podría alguien ser un seguidor fiel de Cristo sin creer en él?

He aquí un ejemplo de los tantos que han tenido entretenidos a los especialistas en gramática griega durante muchos años. Y ello se debe, al menos en parte, a que la frase “la fe de Jesús” puede significar tanto “la fe que Jesús tiene” como “la fe que otros tienen en Jesús”. En el primer caso, Jesús es el sujeto de la fe; en el segundo, es el objeto de ella.

Tal vez la respuesta a este aparente dilema lingüístico esté en otra parte y sea mucho más sencilla de lo que a menudo se creyó. ¿Es “fe” la única traducción posible de la palabra griega pístis o tiene esta algún otro sentido más afín con la intención original de Juan en Apocalipsis 14:12 y a la luz del contexto inmediato?

La Biblia es un mensaje comunicado en los términos de la cultura y el ambiente de su público original, acostumbrado a los pactos, o acuerdos. Cuando nos familiarizamos con la estructura y el contenido de los pactos de los tiempos bíblicos, descubrimos que el Apocalipsis está repleto del lenguaje y la terminología pactuales, incluyendo los dos testigos mínimos requeridos para ratificar un acuerdo, la elevación solemne del brazo derecho en alto mientras las partes pronunciaban su promesa de fidelidad mutua, las consecuencias de la ruptura de un pacto por infidelidad de una de las partes, etc.

En ese contexto, la palabra traducida como “fe” (del hebreo emunah –de donde proviene “amén”– y del griego pístis) significa “fidelidad”, además de “fe”. Una fidelidad como la que ambos pactantes se comprometían a mostrar en armonía con los términos del acuerdo que habían concertado.

Si esto es así, la fe de Jesús es, en primera instancia y en el contexto pactual del Apocalipsis, la fidelidad de Jesús a la voluntad divina como representante y regenerador de la humanidad caída en lugar del primer Adán (Juan 3; Rom. 5; 1 Cor. 15; Rom.  1:16, 17) y como testigo de Dios ante el mundo (Juan 1:18; 14:9; 17; 1 Juan 3:8). En este sentido, Cristo es precisamente caracterizado como “el Testigo fiel (pistós)” en el comienzo mismo del Apocalipsis (1:1, 2, 5; 3:14).

Esa fidelidad de Cristo al pacto entre Dios y la humanidad como representante de esta ante aquel es la razón por la cual, en Apocalipsis 5, se lo declara digno de abrir el rollo que contiene las estipulaciones disciplinarias en caso de ruptura del acuerdo por infidelidad de una de las partes (ver Deut. 28-32), lo que caracterizaba a buena parte de los destinatarios originales del Apocalipsis como reflejo anticipado del futuro.

Este testimonio fiel de parte de Jesús y de sus seguidores es un tema característico de Juan, quien se distingue en su producción literaria por su renuencia a usar la forma sustantiva de la raíz pist- (fe, fidelidad). El apóstol prefiere la forma verbal pistéuo (creer, ser fiel) como una manera implícita de destacar el hecho de que la fe y la fidelidad no son cuestiones diferentes ni apenas teóricas, dogmáticas, sino relacionales, vivenciales, dinámicas, activas, comprometidas.

La fe bíblica no es una cuestión de creencia tanto como de acción o, si se quiere, de creencia que se pone de manifiesto en una conducta determinada, en acciones concretas. No es apenas un contenido doctrinario, sino la evidencia de una relación, de una experiencia personal. Es el amor fiel que hacía posible y caracterizaba una relación pactual entre dos personas en la cultura del Antiguo Testamento.

La fe y la fidelidad son, pues, las dos caras inseparables de la misma moneda. La fe genuina implica fidelidad y viceversa (Sant. 2:14-26). Ambas son gracias divinas que el ser humano debe aceptar para recibirlas y desarrollarlas en comunión con Dios (Efe. 2:8, 9; Heb. 12:2), tal como lo hizo Jesús, el Testigo fiel de Dios. RA

One Response

  1. Rodolfo Torres G

    Me podría explicar el tema, porqué la Iglesia usa el concepto «espíritu de profecía», cuando en Apocalipsis habla del «espíritu de la profecía».

    Me parece que la Iglesia fuerza este concepto para referirse al don de profecía en el ministerio de EW.
    Agradeceré su ayuda a entender bien esto

    Responder

Responder a Comentario

Tu correo electrónico no sera publicado.